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miércoles, 12 de enero de 2011

Receta de Tortilla iPhone de patata

Receta iphonetilla de patata (Tortilla de patata virtual)

Faltaban farolas a las que agarrarse en el Paseo Indepedencia


Receta de Tortilla de Patata

Habitual oro líquido de cercanía


Éste es y será nuestro petróleo

Uno de los mejores calidad-precio de Aragón




Cada día más valorada. Obligados estamos a difundirla

Harinosa y absorbente, como muchas personas

No es pecado utilizar este novedoso tesoro
Vale la pena



Humildad que conmueve

Una ayuda al bienestar de nuestras compañeras
gallinas bien vale unos céntimos de más


chiste patatero











Ingredientes:

Un kilo de patatas harinosas
6 Huevos ecológicos de gallinas camperas
Una cebolla grande de Fuentes de Ebro
Aceite de oliva virgen extra del Bajo Aragón
Trufa negra fresca de Carrión
Una botella de Coto de Hayas Garnacha Centenaria D.O. Campo de Borja
Sal



Elaboración:

Con los mismos ingredientes de una simple tortilla de patata clásica y dos nuevos invitados como son la trufa y el vino tinto vamos a elaborar la tortilla moderna. La idea es que al igual que el iphone ha revolucionado el mundo de la telefonía móvil sin apenas aportar ninguna novedad al panorama digital, esta tortilla sirva para convencer al descreído de que todo en este mundo puede evolucionar sin perder su esencia. Desde el clásico dicho de que hace falta cambiarlo todo para ver que todo sigue siendo igual, los idasdecocina nos lanzamos a probar este nuevo invento, que todavía admite más variaciones e ingredientes originales.

Garnacha reduciéndose

Ya reducida en textura perfecta

Puré de patata y cebolla cocido en Campo de Borja

Nuevas iniciativas ofecen calidad y sostenibilidad

Lo inteligente es apoyarles y disfrutar apoyando a nuestros vecinos


En primer lugar verteremos en una cacerola la botella entera de vino tinto, salvo la copa que nos acompañará durante la hora entera que dura el proceso. Esperaremos a que hierva mientras pelamos las patatas y las partimos rompiéndolas más que cortándolas, para que el licor penetre bien en el interior; y picamos la cebolla. Introduciremos las patatas y la cebolla en el vino y coceremos hasta que queden en el punto previo a deshacerse (unos veinte minutos deberían ser suficientes). Durante el proceso es fácil que el vino se reduzca tanto que haga falta añadir algo más de líquido. Se puede optar por agua o, como fue el caso se descorche otra nueva botella borjiana. Con una rasera extraeremos las patatas y la cebolla de la cacerola y las introduciremos en un vaso batidor, al que iremos añadiendo, si fuese necesario, algo de líquido de cocción mientras batimos hasta que quede un puré más bien espeso. Salaremos el resultado y de manera opcional rallaremos un poco de nuez moscada, que siempre enriquece un buen puré

El siguiente paso es muy sencillo y no requiere gran habilidad, pues se trata de seguir reduciendo el vino hasta que quede en un estrado cremoso, que al dejarlo caer desde una cuchara lo haga en forma de hilillo, no goteando. Se debe tener en cuenta que al atemperarse espesará todavía más que en caliente. Reservaremos la reducción, pasada por un colador, para la presentación.

Sobre la fuente de presentación verteremos el rojizo puré de patata y cebolla y lo alisaremos en su superficie. Después en una sartén bien provista de aceite de oliva virgen extra humeante freiremos a la manera clásica los huevos, preferiblemente sacándoles puntillas por el tema visual.

Para la presentación final colocaremos los huevos sobre el puré, adornaremos artísticamente con unos hilillos de reducción de vino tinto jugueteando entre los huevos y sacaremos a la mesa, donde llegará el momento de rallar generosamente la trufa sobre cada uno de los huevos y de añadir unas escamas de sal. La combinación de sabores, desde la clásica tortilla de patata, al dulzor aportado por la garnacha reducida y al aroma subterráneo de la trufa, nos llevará al éxito seguro por la originalidad, y nadie podrá acusarnos de traición al pasado, pues todos los elementos y procesos son los de toda la vida en nuestros fogones. Como el iphone se trata de lograr una presentación novedosa y sorprendente en algo que no necesite más reconocimientos, en este caso nuestra auténtica y castiza tortilla de patata.

Verlas e libertad...

...todo un placer

Y sus frutos lo dejan ver
Huevos fritos con hermosas puntillas


Sobremesa:

La propuesta para una buena sobremesa tras trajinarse la tortilla se trata de intentar arreglar el mundo. Y como decía Ivá en boca del Makinavaja: “En un mundo sin ética, a la gente decente sólo nos queda la estética”. Así que sin pensar en las consecuencias ni en la moralidad, que pague quién tiene que pagar por los errores de este cochino mundo, y para ello nada mejor que la acción directa, tan practicada como olvidada en este mojigato país. De perdidos al río, si no hemos tenido miedo de unir tortilla, vino y trufa, por qué no atrevernos a algo más productivo. Nuestro amigo Cisco lo ha hecho, y lo narramos a través de varias entregas donde desarrolla su venganza contra los responsables de tantas injusticias. Pusilánimes y cantamañanas absténganse de seguir este relato. Hoy comienza el plan.
Salut para casi todos

Plaza Santa Marta. Entre el bullicio comienza la tarde


Capítulo 1 (Comienza la tarde)

Como se podía esperar en el último día del año, la siesta no duró demasiado. La hora del vermú se había alargado en los bares de alrededor de la calle Mayor. Grupos de bulliciosos clientes salían de los locales entonando las tradicionales tonadillas de borrachos. El jolgorio iba subiendo de tono conforme avanzaba la tarde. Tal dosis de felicidad ajena obligó a Cisco a levantarse de la cama y dirigirse al baño para comenzar, un poco antes de la hora prevista, su periplo de fin de año. Tras una ducha tibia que le terminó de despejar, volvió desnudo al dormitorio para enfrentarse con el armario ropero. Tras revolver, desenfundar y sacar de sus perchas varios trajes que fueron cortados a la moda de muchos años atrás, halló lo que buscaba. Dentro de una gran bolsa de plástico de El Corte Inglés lo encontró, tal y como lo recordaba. De color crudo, impecable, aquel traje que nunca estrenó le traía el recuerdo de Juana, la mujer que lo eligió para él.

- Mal rayo la parta- pensó- y a su puñetera familia feliz-

Nunca le habían gustado los trajes claros, pero en aquella época se hubiese dejado poner cualquier cosa con tal de obtener la aprobación de su rubia, que era como le gustaba llamarle. Después de un tiempo dejó de elegirle la ropa y pasó, de la noche a la mañana a cambiar pañales de niños calvos. Todos hijos de un tipo calvo, de traje claro, al menos así lo imaginaba Cisco, que trabajaba en la oficina del Barkleys de la Plaza de España. De haber tenido cuartos, el cincuentón se habría comprado uno nuevo para la ocasión, pero pensó que aquel estaba impecable y serviría para la noche.

Símbolo de los culpables
Banca incívica


Se domó el pelo a base de gomina extrafuerte. Lo peinó chafándolo hacia atrás como había visto hacer a los gansters de las películas americanas. Se perfumó y no olvidó ajustarse un pañuelo de seda violeta en el bolsillo superior de la chaqueta, y centrase el nudo de la corbata antes de salir de casa. Vano intento el de Cinteta, que quiso colarse entre las piernas de su amo al salir por la puerta.

- No es tu noche, cielo- se dirigió a la perra con ternura y firmeza a la vez – el espectáculo no te gustaría- cerró la puerta ahogando el resignado lamento del animal.

Bajó los dos pisos andando por la escalera y, al llegar al portal, sacó un sobre del bolsillo del abrigo y lo introdujo en un buzón que no era el suyo. Al salir a la calle el frío congeló su rostro al instante. Un viento gélido recorría la calle haciendo que la gente fuese encogida y con las manos en los bolsillos en sus cortos recorridos de bar en bar. Cien metros escasos separaban a Cisco del local de la Romi, pero en un día como aquel fueron suficientes como para llegar con ansias de un carajillo cargado y caliente que mitigase el asqueroso frío. El primero cumplió su misión, así que pidió un segundo para poder disfrutarlo con más calma.

Anocheció sin previo aviso, con la premeditación del traicionero enero. De nuevo en la calle y repasando el plan se acercó a la calle Estébanes, donde había quedado con el Bolilla para lo sería su despedida después de tantos años de idas y venidas juntos. El tour comenzó en el local de Almau por aquello de que los vinos siempre estaban en su mejor temperatura y oxigenación. Eligió una botella garnachera de un más que correcto Borja a la que acompañaron varias rondas de las tradicionales anchoas con cazalla.

Tradición anchoera

En el corazón del Tubo


- Vaya timada- comentó el exfotógrafo frunciendo el ceño todavía más que en su estado natural- dicen centenaria y estas viñas no pasarán de la cincuentena- apuró el último trago de la copa y ambos compinches rompieron a reir.

Un clásico zaragozano que esconde...

una elegancia sólo asequible  iniciados


Así salieron de la taberna comentando las virtudes de una buena cincuentona frente a una decrépita centenaria. Tras recorrer unas cuantas barras de cinc de las pocas que quedan por el tubo, pocas eran las farolas del Paseo Independencia esperando ser abrazadas por la extraña pareja. Hasta que el denso café del Bar del Hotel Goya no se filtro en la sangre de Cisco, no recordó el plan que llevaba días diseñando. Así que aprovechando que el pequeño Bolilla había ido a evacuar al baño, salió con sigilo y rapidez dando esquinazo al compañero. Sabía que de pedírselo le seguiría al infierno, por eso no lo había hecho. Cigarro entre los labios, cabeza hundida y manos en los bolsillos se dirigió al primer paso de su épico plan.

Tecnología y tortilla:
es necesario que todo cambie para que continúe igual

sábado, 23 de octubre de 2010

Tortilla de patata y chuletón con Joaquín Sabina

Tortilla de patata y Joaquín Sabina



Ya pasada una semana de la salida de doña Angustias del mundo de los vivos, Cisco Cerrada casi había olvidado la rutina adquirida de recoger el solidario paquete que le encargaba todos los días en la charcutería. El caso es que se había establecido una relación de mecenazgo entre la vieja y el mozo del mercado. Unas rodajas de mortadela y un buen panecillo diario quedaban encargados en la charcutería para que el actor los recogiese al salir del trabajo cada tarde. Al no ser conocedora de la farsa que representaba Cisco en su trabajo, doña Angustias nunca imaginó que la verdadera beneficiada del paquetito era la perrita del actor, Cinteta, que extrañó la pérdida de la anciana durante mucho tiempo. Ninguna de las preparaciones que su amo se esmeraba en cocinarle, le satisfacía tanto como el jugoso entrepan de fiambre que cada noche aparecía en su comedero.



Un hecho casual trajo a la memoria del mozo la imagen de la anciana. Al abrir la taquilla del vestuario del mercado, una mañana de principios de septiembre, una hoja de papel algo arrugada resbaló hasta el suelo. Al recogerla, Cisco recordó que se trataba de la nota donde la vieja anunciaba, con una bella letra manuscrita, su intención de proporcionarle un obsequio diario por la amabilidad con que la trataba. La nota era escueta y directa:



            “Apreciado mozo, me dirijo a usted con la intención de manifestarle mi agradecimiento por el trato generoso que me dispensa. Es por ello, y como prueba de agradecimiento, por lo que a partir de hoy dejaré un presente encargado en el puesto de charcutería, para que pueda disfrutarlo junto a los suyos”

Jamás cruzó una palabra sobre el asunto con la anciana. Un pacto tácito les unió desde aquel mismo día, y sólo la charcutera que le entregaba su ración de mortadela fue testigo de tal relación extraña. Cisco correspondía enviando sonrisas a doña Angustias, que devolvía con verdadera efusión al actor.



No fue la letra ni el contenido lo que atrajo su atención al volver a ver la nota. Ésta cayó al suelo al revés, apareciendo un logotipo que dejó a Cisco perplejo. El papel llevaba impreso en su parte de atrás el nombre y sello de un establecimiento con el que nunca hubiese relacionado a aquella inocente y caritativa viejecita:

Whiskería Eros
Espectáculos musicales
Copas

No necesitó consultar con ninguno de sus amigos de los bajos fondos. Sabía qué tipo de local era aquel. Se había dejado ver por allí en alguna ocasión y conocía lo que representaba en el ambiente del putiferio zaragozano. Era la creme de la creme, el pionero. Situado en la carretera de Logroño, daba cobijo tanto al pueblerino necesitado que acudía con fajo de sudados billetes en mano, como al urbanita que, siempre buscando pasar desapercibido, aparcaba su coche en el parking vallado y oscuro que garantizaba la confidencialidad. Se podrían decir muchas cosas de ese establecimiento, pero en ninguna de ellas tenía cabida una ancianita de barrio bien, con alma de caritativa católica de misa diaria y persignación en el portal.



Pasó el día apilando montañas de cajas vacías, pero con la mente, cada vez con más fijación, puesta en aquel asunto. ¿De dónde sacaría doña angustias ese papel para escribir aquello? La imaginación se desbordaba: lo encontró en el suelo y reutilizó, lo metieron en el buzón, algún familiar frecuentaba el antro, los dueños la usaban de tapadera legal. Cada nueva elucubración era más disparatada que la anterior. La cabeza le bullía y comenzaba a agarrotarse el cuello de la tensión que el asunto le iba generando.



- No pienses más animal- se dijo el actor –Ten huevos y hazlo, o nunca lo sabrás-

Sin saberlo, Cisco Cerrada, con aquella desafortunada decisión, acababa de abrir la caja de Pandora. Ya nada sería igual en su vida. Un inframundo, hasta ahora sólo imaginado, se iba a abrir ante él. Ya no podría escapar.



Al terminar la jornada dura, ya que la gente acababa de volver de vacaciones y encontraba la nevera vacía, y desaparecer las hordas de clientes con largas listas en la mano; el mozo se cambió y se dispuso a salir por la puerta de servicio que estaba en la parte de atrás del mercado. No solía usar aquella puerta, pero ese día buscaba no llamar la atención de ningún conocido. Se introdujo la larga barra de hierro, que utilizaba para abrir las tapas de las alcantarillas haciendo palanca sobre ellas, por una pernera del pantalón y se la ató a la pierna para que pasase inadvertida. Tuvo que simular cierta cojera, pues la barra le impedía caminar de manera normal. Con la decisión tomada y disposición firme salió a la calle y discretamente merodeó por el portal de la vieja esperando la entrada o salida de algún vecino. Hubiese preferido que no se tratara de nadie conocido pero no fue así, y un cliente de los de fin de semana le sostuvo la puerta invitándole a entrar. Era el tipo un joven soltero que aprovechaba las mañanas de sábado para llenar de productos selectos la despensa, pero que el resto de la semana se mantenía en pie gracias, únicamente, a las grandes dosis de café y algún pincho de tortilla que su escaso tiempo y su jefe le permitía. Para qué o quién compraba todo aquello siempre fue un misterio para Cisco, pero ahora no tocaba resolver ese sino otro que le traía de cabeza: la nota de doña Angustias.



El rellano estaba oscuro cuando llegó al quinto piso con el aliento y el corazón acelerado. Extrajo silenciosamente la barra de la pierna, que provocó un gran estruendo al caer al suelo tras desatar la lazada que la sostenía. El enorme ruido se vio empequeñecido por el juramento que soltó de manera automática el actor, al ver caer la barra sobre las baldosas. Se quedó inmóvil y agudizó el oído para comprobar si aquel incidente había puesto en peligro su plan. No oyó nada. Parecía que nadie se había extrañado de un ruido en la escalera. Al menos ningún vecino salió a comprobar el origen del estruendo. Agarró la larga y fría herramienta del suelo y se dirigió a la puerta de la difunta. En un gesto hábil introdujo la afilada arista que la barra llevaba en uno de sus extremos entre la puerta y su marco a la altura de la cerradura. Empujó haciendo palanca y comprobó lo que llevaba deseando desde que trazó el plan. La puerta no era de seguridad. Escuchó el crujido de la madera cediendo al empuje del metal y la puerta se abrió sin apenas hacer ruido.



-Era confiada de verdad. Seguro que no hay otra puerta sin seguridad en todo el edificio. Vaya riesgo para los tiempos que corren- reflexionaba Cisco al internarse en la vivienda, cerrando la puerta tras de sí.

El golpe no sonó como una sandía estrellándose contra el suelo, sino más bien como el crujido de una gruesa rama al partirse de su tronco. Le sorprendió cuando se dirigía cautelosamente hacia el comedor de la vivienda. Cisco conocía bien la distribución de aquellas viviendas, pues entre sus labores estaba la de subir algún encargo para los clientes más exclusivos del mercado. Nunca había estado en casa de doña Angustias, pero pronto identificó el largo pasillo que partía de la salita de entrada y justo en su comienzo, la puerta de doble hoja que debería dar al salón. Llegó a abrir la viselada puerta de cristal, pero no le dio tiempo a entrar en la habitación, pues el agresor, que después dedujo que se encontraba agazapado detrás de la puerta, le asestó un golpe tremendo con, lo que más tarde descubriría, una enorme sartén del tamaño de una paella. No fue nada torpe aquel individuo, pues le acertó de lleno en toda la cara, haciendo crujir la nariz, que sintió hundirse hacia el interior antes de perder el conocimiento.



Al volver en sí, la sangre que ya se había comenzado a secar sobre su cara, apenas le permitió abrir los ojos. Al cabo de unos minutos, cuando se vio con fuerzas para incorporarse y se fijó en el enorme charco de oscura sangre sobre el suelo se asustó. En seguida le vino a la cabeza una cifra: cinco litros, esa era la cantidad de sangre aproximada que tenía el ser humano. Y allí había al menos un par de ellos. Aquello explicaba el temblor de sus piernas causado por la debilidad, que apenas le permitía permanecer en pie. Tras un momento de reflexión, decidió salir en silencio de aquel lugar y perderse sin dar explicaciones a nadie. La policía no era opción para él. Su historial le hubiese catalogado rápidamente como un chorizo, además de la peor calaña, al aprovecharse de un fallecimiento para robar a la difunta. Bajó con sigilo las escaleras. Salió a la calle y se sumergió en la oscuridad de la madrugada. Callejeando como una sombra llegó a su casa donde pudo ver que ya eran las cinco de la mañana. Varias horas había permanecido inconsciente y desangrándose en el pasillo de la vieja. Tal era el cansancio que se le vino encima de repente, que fue directo al dormitorio y se dejó caer sobre la revuelta cama sin ni tan siquiera quitarse los zapatos.



Si la noche fue mala, la mañana siguiente aun lo fue más. Venía ahora el momento de la valoración de daños: nariz evidentemente rota, amoratada e hinchada como un globo; un ojo tan hinchado que parecía querer salir de su órbita, pero no tanto como el labio superior que, partido por la mitad, no dejaba ver los dos huecos que sendos dientes dejaron al caerse tras el certero sartenazo. Le costó quitarse toda la sangre seca que cubría su cara y se desprendió de la ropa del día anterior que arrojó sin pensarlo a la basura. Una vez limpio y decidido a dejar correr aquel asunto que sólo le había causado problemas  se sentó a tomar el primer carajillo del día, que le causó dolores tremendos al humedecer las heridas de la boca, pero recordó con nostalgia las palabras de su abuela en la niñez: “lo que escuece, cura”. Así, resistiendo al dolor, su mente se fue aclarando. Dos tareas le aguardaban en aquella mañana de domingo. Una vez cumplidas y en total aislamiento no tendría que dar explicaciones a nadie sobre su ruinoso estado.



Lo primero era la salud. Decidió homenajearse con lo que comprendió que era mejor para su estado. Un buen chuletón. Así que cogió el teléfono y marcó los números del bar de la Romi, hizo el encargo que en nada sorprendió a la acostumbrada rumana y esperó sentado en el sofá con Cinteta ignorándole a sus pies. No había pasado media hora cuando se presentó la cocinera en la puerta de su casa con dos bandejas en las manos. Con un gesto acalló las preguntas que iban a salir de boca de la mujer a la vista de su aspecto. Le arrancó las bandejas de la mano y cerró la puerta de golpe con el pie. Se dirigió a la cocina y levantó los papeles de aluminio que cubrían los encargos. Tras elegir la pieza de mayor tamaño y cantidad de grasa, volvió a cubrirlas y se dispuso a realizar su segunda y última misión del día. Ésta era sencilla. Arrancó varias páginas manuscritas de un viejo y grueso cuaderno escolar, las dispuso en un sobre grande y con precaución salió al rellano de casa. Subió las escaleras y depositó en el suelo un enorme plato con el chuletón acompañado por una montaña de patatas recién fritas y unas tiras de pimiento de Lodosa. Junto a él dispuso el sobre con el encargo manuscrito de la Editorial, que su vecino debía teclear al ordenador y enviarlo. Llamó al timbre y desapareció para no entablar conversación con su agente y mentor. Regresó de nuevo a su casa y se dispuso a recuperar todos y cada uno de los glóbulos rojos perdidos la noche anterior en una casa desconocida.



Debía de pesar más de tres cuartos de Kilo y, aunque lo habitual en él hubiese sido quitar la gran cantidad de grasa que rodeaba la carne rojiza, lo atacó siguiendo la línea trazada por la blanca veta. Disfrutaba viendo cómo impregnaba el pan y la sentía fundirse en su boca gracias al calor de su lengua. Hubiese sentido cargo de conciencia por la cantidad de colesterol que ingería a cada bocado, pero éste se desvanecía cada vez que recordaba lo ocurrido en la noche anterior. Tenía la costumbre, adquirida desde niño, de dejar lo mejor para lo último. De este modo llegó el momento en el que una enorme molla de oscura carne magra quedó en el centro del plato dispuesta a ser engullida por el actor.



- Lo importante es- se dijo- seguir un buen ritmo- y lo logró: bocado de carne, patata frita y pimiento, y vuelta a empezar.

Así quedo Cisco, con lo que en lenguaje moderno llamaban Brunch, pero que Cisco nunca cambió por el vocablo clásico de almuerzo. Dispuesto a pasar una jornada de domingo tranquila. Radio, fútbol, tareas del hogar olvidadas eran los planes más inmediatos. Sabía que iba a tener que enfrentarse a acontecimientos importantes, pero eso sería para otro día. Aquél era para él. Cinteta parecía saberlo, pues sus ojos no podían esconder la alegría de tener la compañía del amo durante todo un largo domingo.




Semblanza segunda

Tortilla de patata y Joaquín Sabina

Aunque no va a ser, por efectista y facilón, el argumento de esta semblanza; debemos comenzar afirmando que la tortilla de patata y Sabina pertenecen al pueblo. Son, sin duda alguna, dos componentes del imaginario colectivo que sirven de unión a la sociedad española. No es este el foro indicado para decidir si existe un espíritu español, pero si existiese algo parecido, estos dos elementos serían fundamentales en su composición. Por otro lado es destacable la variedad interpretativa de los mismos, ya que hay tantas tortillas de patata distintas y tantas canciones del de Úbeda favoritas como número de españoles y visitantes que las devora y disfruta. Así, afirmando el carácter popular y diverso de ambos comenzamos a acercarnos a los nexos de unión de la genial combinación.

El argumento que voy a tratar de defender para evidenciar la semejanza es lo realmente parecido del proceso de elaboración de la tortilla y su resultado final con el proceso creativo del cantante y su largo elenco de canciones. Para comenzar ponemos en paralelo la simplicidad de los ingredientes con la de las ideas que el artista desea transmitir: cebolla, patata y huevo, frente a sexo, irreverencia y ansias de libertad. Deseos puros para unos ingredientes del terruño.



Si seguimos el proceso de elaboración de la afamada tortilla podemos apreciar cómo los ingredientes son tratados por separado hasta la apoteosis final donde cuajarán uniendo sus esencias. En primer lugar, caramelizamos la cebolla con su dosis de sal para hacerla sudar, después le añadimos la patata que confitaremos en abundante aceite para que quede medio cocida y medio frita. Esto se logra con una temperatura media y constante y paciencia. Cuando la patata se pueda deshacer casi con mirarla, le extraeremos a la sartén casi todo el aceite y batiremos a parte los huevos. Un secreto bien guardado por los mejores tornilleros del país es el siguiente. Batir poco el huevo. Algo tan sencillo produce unos resultados magistrales. Impide que cuaje demasiado en la parte final del proceso y además facilita el siempre deseado efecto cremoso que sería casi imposible de obtener con unos huevos emulsionados en demasía. Se vierte el contenido de la sartén dentro del recipiente de los huevos para que éstos impregnen la cebolla y la patata y de nuevo a la sartén, pero esta vez con el aceite en mucha menor cantidad y bastante más caliente. La finalidad de subir la temperatura es la de que la tortilla quede muy hecha por su capa exterior, con un agradable color dorado, pero que no de tiempo a que el huevo cuaje completamente por dentro, quedando una cremosidad, que junto a la textura de semipuré que se le ha dado a la masa de cebolla y patata, produce la sensación de consumir una obra de ingeniería de gran escala. Tortilla dorada, con firme capa exterior y cremosa y cruda  alma. Patata que dorada por fuera se torna blanquecina por dentro. Dos mundos en uno. Opulencia y discreción, rudeza y delicadeza, sueño y realidad. Contrastes en fin que por otro lado son la esencia de la obra de jienense. Mentiras piadosas frente a emociones fuertes buscadlas en otra canción; ruido frente a besos de Judas; Física y Química frente a Minifalda azul. Tantos contrastes, tantas paradojas, que al fin y al cabo son la propia esencia humana. Incluso en la misma canción, cual Quevedo, con lenguaje llano lejos de gongorismos acrobáticos, el cantante nos expone juegos de contrastes cual la tostada tortilla esconde un suave y tierno corazón. El proceso creativo del autor no se diferencia demasiado del que usaría un buen cocinero. Una historia, definición o enumeración presentada a través de imágenes diferentes que al final nos presentan un mensaje unitario, que se desvela de manera intuitiva como hacen los ingredientes que finalmente se integran en una buena tortilla



Largas enumeraciones, que en muchas ocasiones se contradicen. Definiciones que se oponen. Mundos enfrentados. Pero por encima de todo, al final el público de Sabina extrae una lectura personal y única. De manera mágica la paradoja se resuelve en el interior de cada uno. Surge un mensaje del interior de cada espíritu. Además no es el mismo mensaje siempre, pues es sabido que cada etapa de la vida de un buen salinero viene determinada por la interpretación que se hace de sus canciones. La que hoy trasmite un mensaje trasgresor mañana nos puede parecer de un conservadurismo rancio, y viceversa (guiño). La canción del desamor puede convertirse en la piedra angular de futuras relaciones, y así podemos seguir al infinito. Por seguir con le semblanza, con la tortilla ocurre algo parecido. ¿No combina de maravilla una tortilla bien cuajada con un buen café con leche por la mañana? Pues sí, está claro, es sin duda el dueto perfecto. Pero eso no quita que al mediodía nos apetezca algo más crudito que case bien con un buen vinito. Se puede seguir, pues si ese día la montamos al caer la noche y nos vamos de juerga, no hay bicho viviente que no agradezca el recibimiento de una buena porción de tortilla guardada en el horno para la ocasión. Hay momentos de pincho, otros de ración, los hay de tacos, incluso algún heterodoxo le añade otros ingredientes.



Conclusión: variedad de gustos y significados. Explicación de mensajes opuestos y contradictorios. Base espiritual de España. Poso cultural frente al mundo exterior. Gozo y disfrute desde elementos humildes. Lenguaje llano para el pueblo.

Imagen final: Joaquín Sabina llega pecaminoso a su casa llena de vírgenes y santos tras una noche de locura. Arroja el bombín a la percha sin atinar. Entra en la cocina y enciende sin mirar el microondas. No necesita mirar, sabe que está allí y sueña con ella. Mientras el electromagnetismo hace su trabajo, el artista saca el pan del cajón. Lo abre con habilidad para darle una rápida untada con unos gajos de tomate que guarda en la nevera. Chorrito de aceite sobre el pan jugoso. Abre el horno y allí aparece humeante su amarilla diosa. La introduce en el pan y lo aprieta para que todos los sabores se incorporen. Abre la que será su última cerveza del día. Mira el bocadillo sonríe. Amalgama cósmico.

Chuan, Gema y David

viernes, 1 de octubre de 2010

Bocaditos de sobrasada y currywurst

Dos asuntos rompieron la rutina matinal de Cisco Cerrada aquella mañana de verano. El primero fue la extraña, por poco habitual, necesidad de atar la fina correa de cuero al collar de Cinteta y salir a pasear por el parque. Gesto que la perrilla agradeció orinando mientras saltaba de alegría sobre sus entumecidas patas traseras. El segundo le asaltó al encontrarse algo más que propaganda en el buzón de vuelta a casa. Entre papeles que promocionaban comida basura encontró una hoja arrancada de una libreta manuscrita. No reconoció la letra, pero algo dentro de él le sugería que aquello formaba parte de su nuevo plan de vida. Llevaba semanas pensando en volver a salir de la circulación. No tanto por urgencia económica, pues todavía le quedaban varios meses de subsidio, con los que podría ir tirando sin muchos excesos. El hecho era que llevaba demasiado tiempo encerrado en su caparazón y crecía la sensación de que la vida le pasaba de refilón ignorándole más de lo que lo hacía él mismo. Además, pensaba, el caparazón siempre estaría allí, esperándole sin reproche, cual Penélope. No tenía nada que perder. Elaboró, con ayuda experta un currículo actualizado y se dispuso a salir al mundo real, con las personas de verdad.


Guardó la nota en el bolsillo y, tras abandonar a Cinta en el pasillo de casa, salió al bar de abajo a despejarse con un carajillo muy dulce y con el sonido a cucharillas que siempre reinaba en el establecimiento a aquellas horas. Advirtió que la letra parecía de un colegial o de alguien a quien se le estaba olvidando escribir a mano. Estaba en lo cierto. Era de su vecino del piso de arriba, Andrés, el informático.

Pasa rápido. Cuando puedas. Es Urgente. Tengo noticias y hambre.
Andrés

- Vaya con el señorito- Interrumpió Romina, la camarera- Parece que has encontrado tu media naranja- Nada denotaba su acento rumano salvo un ligero deje en las erres- El caballero parece todo un dandy. No hay quien te reconozca. Hasta pareces más delgado-


- No me jodas Romina y no empieces como siempre- respondió arisco Cisco- He recibido buenas noticias y estoy contento. Algo se notará ¿no?- Apuró una gran calada y añadió- Además no debes meterte en los asuntos de los clientes. ¿No te lo había dicho nadie?- Apuró el carajillo y señaló el vaso con gesto de pedir otro- A éste échale café de verdad, que para brebajes ya tengo al lado la farmacia- La camarera, ignorando el comentario y sin perder el gesto de sarcasmo retiró la taza y se dió la vuelta hacia la máquina de café.


La impaciencia por saber de qué se trataba el asunto le hizo decidir que, aquella vez, no podía perder tiempo en preparar, como era habitual, alguna receta sabrosa para aquel extraño tipo. Así que optó por llegarse a Dulces y Hojaldrados Lalmolda y adquirir una enorme bandeja de saladitos de sobrasada que, con medio minuto de microondas, crujirían en la boca del asceta informático. Subió rápido las escaleras, y sin parar en su piso, subió hasta el cuarto y aporreó la puerta hasta que Andrés apareció más estrambótico que nunca. De no ser por el batín color salmón que apenas cubría sus vergüenzas, aquel tipo representaba la viva imagen de un profeta bíblico, de regreso de una larga vigilia para predicar a su pueblo.

- No pierdes el tiempo, vecino- dijo a modo de saludo el informático, haciéndose a un lado para que entrase- Si no fuese porque anoche no me acosté diría que has madrugado mucho- un ataque de tos líquida interrumpió sus palabras. Entraron al salón sorteando pilas de libros y caminos abiertos entre miles de revistas viejas esparcidas por el suelo.

- El caso es que has tenido más suerte de la que esperábamos- afirmó, sentándose en una de las dos incómodas sillas que se disponían delante de la mesa del ordenador- Pero antes, si no te molesta, háblame del impuesto revolucionario, que llevo desde ayer con unos mareos tremendos. Creo que no he comido nada desde tus morcillas del otro día.


Sentado frente a él y sin decir una palabra, Cisco ya había dejado sobre la mesa el paquete abierto por el que asomaban los rojizos y grasientos hojaldritos- Estarán mejor si los calientas un poco- Antes de terminar sus palabras, Andrés ya tenía la boca llena, y como era habitual, una estrecha línea de aceite se deslizaba por su barbilla. Fenómeno que el actor achacaba a la maltrecha dentadura de aquel tipo, que dejaba varias vías de escape libres para la salida de todo tipo de sustancias de su boca. Reprimiendo lo repulsivo del asunto, Cisco se apresuró a preguntar- ¿Tenemos ya alguna oferta seria?-

- Bueno- respondió con la lentitud necesaria para crear un clima de expectación.- Lo cierto es que sí. Los idiomas son siempre una gran baza en este país. Piensa que los idiomas no son nuestro fuerte y …-

- Suéltalo ya y no seas tan mamón- Interrumpió- Déjate de discursos y dime de qué se trata-

-Que poca consideración con alguien que pasa días sin tener conversaciones humanas- Ironizó consigo mismo el informático- Bueno, está bien, iré al grano- Se abasteció con otra media docena de saladitos y continuó- Se trata de una empresa que, básicamente, se dedica a subcontratar encargos literarios de grandes editoriales. Deben tener cientos de negros trabajando para ella. Los peces gordos pagan una pasta por el trabajo y estos corsarios ofrecen una miseria a los curritos que lo llevan a cabo, pero, en fin, si estás convencido de dejarte timar otra vez por el sistema- Cisco iba a cortar esta nueva reflexión cuando Andrés con un gesto hizo ver que no era necesario- La tarea es la siguiente. Cada semana debes enviarles un nuevo capítulo y, si no hay retrasos y el resultado es correcto, ellos te mandarán un cheque al portador a tu domicilio cada cuatro envíos. Algo parecido al cobro mensual. Todo en negro, claro está- Volvió el ataque de tos- No es un sistema muy normal, pero parecen gente cumplidora, por lo que he podido averiguar en varios rastreos- concluyó, ya entre gorgojos de flemas.


-Todo eso está muy bien- ignoró lo que ya se había convertido en una sinfonía de todos los sonidos que era capaz de producir un cuerpo humano a nivel nasal, oral incluso anal- Pero lo que me interesa en este momento es saber de qué tengo que escribir capítulos. ¿De autoayuda o de novela de caballería?- Ironizó Cisco.

Sonrió el ya calmado informático ante la inquietud que había logrado inyectar en su vecino- Semblanzas, querido, te piden semblanzas. Y a doble idioma. –original en Castellano y su traducción al alemán adjunta en cada documento semanal. No sé quién coño invertirá en un libro así, o si será para alguna publicación pastelera de esas que gustan a los europeos del norte- Continuó, ahora serio, pues advirtió de que el cupo de comprensión de Cisco estaba más que agotado- Lo que te piden es que cada semana escribas una comparación entre una receta de cocina y un artista. Principalmente escritor, pintor o músico, que hoy parece ser que son los que más salida tienen. También tienes que firmar un contrato de confidencialidad y cederles todos los derechos sobre la obra. Sin duda- aclaró- al editarse llevará la firma de algún famoso, ya sabes cómo funciona esto-


- Comprendo- Meditó Cisco levantándose y caminando hacia la ventana, inconscientemente buscando referencias al mundo humano- Pero la extensión, el modo de envío, el contacto con la empresa… en fin todos los detalles-

- No te preocupes por nada de eso. Sabes que de la intendencia me encargo yo- Golpeó dramáticamente su pecho con la palma de su mano- Y sin más comisión que la habitual. Ya me imagino un manjar de los tuyos semanal y se me hace la boca agua- Esta vez barrió todos los pastelitos que quedaban en la bandeja y fue metiéndoselos a la boca a un ritmo que a Cisco le pareció frenético para aquel escuálido personaje.- Tú no te preocupes más que de pasarme, a mano claro- Sabía de la enemistad de su vecino con los ordenadores, pero no quería hacer leña por esta vez- Cinco folios ingeniosos donde alguna receta bien explicada haga recordar a algún autor. Relacionas el plato con la obra del mismo. Extraes una conclusión original y fiesta. Yo lo tecleo, maqueto, envío y a esperar el cheque. Eso es todo- Concluyó Andrés

-Entiendo, pero sólo lo aceptaré con una condición- Fijó su mirada en su interlocutor señalándole a modo de advertencia- Ni una palabra sobre la explotación del débil, la colaboración con el sistema capitalista, la visión pequeñoburguesa del mundo ni hostias de esas. Todo profesional. Yo escribo y tú comes y listo. Cada uno en lo suyo. Tú verás si te comprometes-

Le parecía a Cisco que ya nada le sorprendería de aquel tipo, pero era una caja de sorpresas. Tras dar un barrido por la grasa que la sobrasada había dejado en la bandeja con los dedos y llevárselos a la boca. El individuo se levantó de la silla, se estiró el batín que ya dejaba al descubierto los genitales al completo y con una actitud digna se abalanzó sobre el actor y le obsequió con un largísimo abrazo, que a Cisco le pareció extrañamente sincero.



Semblanza primera:

Currywurst berlinesas y Francisco de Quevedo

Redundancia y austeridad. Dos condiciones que enlazan el siglo de Oro hispano con la gastronomía popular de barrio berlinesa de nuestros días. Redundancia, en el caso de Quevedo, que se refleja de manera nítida en un dejar caer paradoja sobre paradoja. Una, machacando la esencia de la anterior, y esperando ser aplastada por otra más ingeniosa y de un calado mayor. Jerarquía intelectual de ideas sorprendentes que desmontan unas a otras en una espiral que nos dibuja la mejor y más moderna expresión de relativismo que nadie haya dado en la historia. Cualquier idea racional queda ridiculizada por una visión absurda y verdadera, que será cuestionada y vencida por un nuevo orden racional. Nunca cierra el narrador un círculo donde mente y corazón pugnan por dar una explicación válida del mundo. Ambas visiones resultan acertadas y fallidas a la vez, anticipando siglos la teoría del caos, que teñirá todo el siglo XX de una incertidumbre de la que Quevedo supo escapar, allá por el siglo XVII. La solución es simple, querido Eisemberg, el humor. Regreso a la comedia clásica. Fin del rompecabezas. La explicación del mundo no es otra cosa que el método aplicado para buscarla, en el caso que hoy nos atañe, la paradoja. Además de paradójicamente redundante, la afamada y nunca suficientemente valorada salchicha de curry berlinesa contiene en su espíritu el sentido de profundidad absurda quevediano. ¿Por qué aliñar con una salsa de tomate al curry un trozo de carne embutida ya sobradamente elaborado con la sabrosa y picante combinación de especias? ¿No era suficiente con una de las dos condiciones? Está claro, el espíritu hegelianogermánico, el Volkgeist, no se conformó. Consideró, el alma creadora berlinesa, que el mundo estaba dividido en dos grandes agrupaciones humanas (y no creo que estuviese muy desacertado en su apreciación) Por un lado las personas que aprecian más el ingrediente base de cualquier comida, en este caso la salchicha, y en frente las que valoran más el condimento, y que incapaces de fijar la atención en el corazón esencial de la receta, lo hacen en lo contingente, en su salsa. Profundidad frente a superficialidad. ¿Qué define más un mundo? ¿Lo inmutable o su apariencia? ¿La verdad o su reflejo sensible? Tampoco la currywurst nos ofrece más respuesta que Quevedo. Ambos ofrecen el conjunto redundante como explicación. Paradoja sobre paradoja cual tomate sobre salchicha. La vida, la verdad, el conocimiento,  nunca puede ser cerrado y absoluto, sino dispar y variable. Ese es el mensaje que une siglos y pueblos tan distantes.

La segunda idea conectora de nuestros dos protagonistas es la austeridad, quizá en el caso de la literatura debiéramos denominarla parquedad con más exactitud. No cae el poeta y narrador español en ningún guiño al uso. Directo en sus objetivos. Escaso en el número de mensajes que desea transmitir, inversamente proporcional a la profundidad de los mismos. Artista total, pues se centra en tratar de desvelar, y lo logra,  la verdadera naturaleza humana. Consigue a través de sus comedias y poemas lo que otros, menos afortunados, no pudieron transmitir, ni siquiera sacrificando sus vidas, como el caso de Jesucristo o Ernesto Guevara por poner un par de casos. En este caso, eso si, vemos en nuestra amiga, la salchicha, un ejemplo más claro de lo que Quevedo quería conseguir a través de la ausencia de complementos inútiles. La clave está en el pan. De manera explícita, el fantasma de las calles de Berlín, proclama el reino de la ausencia de lo accesorio en los panecillos. ¿Quién ha visto en algún lugar del mundo, en cualquier época de la historia, un panecillo menor que el de este preciado bocadillo que hoy nos trae al caso? Imposible encontrar, por mucho que se indaguen sus huellas nada parecido. Frente a la siempre generosa salchicha nos encontraremos en un eterno concurso entre locales callejeros para ver quién es capaz de servir el panecillo más pequeño. Gloria al vencedor, parece ser el mensaje oculto del vendedor cada vez que sirve un hermoso embutido cubierto de granate salsa picante con un escueto panecillo que apenas cubre la parte central del mismo y que, por muchas veces, resulta inútil para la tarea encomendada, no mancharse los dedos. La importancia dada al mensaje que transmite salchicha y salsa no puede ni debe bastardarse ni disimularse con alguno de los suntuosos y ricos tipos de pan imperantes en Germania. Existe la materia prima. Mejor y más abundante que en cualquier lugar del mundo. Así llama la atención la alevosía con la que la ciudad trata el asunto. La adulteración de la lógica aristotélica en ambos casos asalta al lector y al comensal de manera casi irritante. Lo recto y cabal sería la abundancia de mensajes y argumentaciones en el caso de Quevedo y la presencia de un generoso y fibroso pedazo de pan acunando la especiada combinación salchichera.

No existe explicación de la naturaleza del mundo ni de la del alma del ser humano, pero la imagen de un Quevedo, Cruz de Santiago al pecho y redondas lentes sobre breves narices, esperando delante de un puesto de salchichas en una esquina de Under den Linden para cenar, caminando por la elegante avenida, haciendo equilibrios con un bocadillo de escaso pan que llenará de rojos borbotones sus negras mallas. ¿El sentido de la vida? Tal lo tenéis delante.


*Las currywurst del Prater siguen siendo las más buscadas por las hordas de extranjeros que buscan el verdadero sentido de la vida