domingo, 8 de mayo de 2011

Receta de Bagels (Lady Madelaine Brick)

Receta de Bagels (Lady Madelaine Brick)



Receta de bagels

Ingredientes: (6 unidades)

250 cl. de agua tibia
Dos cucharadas de aceite de Oliva Virgen Extra
400 gr. harina de fuerza
Dos cucharadas de azúcar
Una cucharada de sal fina
Una cucharada de levadura seca de panadería.
Una clara de huevo
Semillas de sésamo



Elaboración:

En primer lugar mezclaremos la harina con la sal, una cucharada de azúcar y la levadura granulada, en un cuenco grande. Añadiremos el aceite y el agua ligeramente templada. Amasaremos con las manos o una cuchara hasta que hacer una masa que se despegue de las paredes. Pasaremos a la mesa enharinada y estiraremos y retorceremos la masa alternativamente, durante 10-15 minutos, hasta que quede fina y elástica.



Pasaremos a un cuenco grande ligeramente engrasado que cubriremos con papel film y dejaremos fermentar a temperatura ambiente una hora, o hasta que duplique su volumen. Una vez lista la masa, la presionaremos en una superficie enharinada suavemente con los nudillos para extraer el aire, la cubriremos con un trapo y la dejaremos reposar un cuarto de hora. Engrasaremos mientras tanto una hoja grande de papel de horno.



Dividiremos la masa en seis porciones, que trabajaremos hasta hacer bolas de superficie lisa, estirando los bordes hacia el centro y girando sobre la mesa. Practicaremos un agujero central con el dedo de unos 5 cm de anchura. Los colocaremos en la hoja de horno engrasada, los cubriremos y dejaremos reposar 20 minutos.



En una sartén caliente, bajaremos el fuego al mínimo y pasaremos los bagels por la sartén 3-4 minutos, dándoles la vuelta a mitad de cocción, para crear una ligera corteza, sin que llegue a dorarse. Calentaremos el agua con una cucharada de azúcar en una cazuela. Cuando rompa el hervor bajaremos el fuego y coceremos los bagels durante cinco minutos, dándoles la vuelta una vez a mitad de cocción. Los dejaremos escurrir en papel de cocina.



Una vez secos, los colocaremos en la hoja de horno engrasada, untaremos con la yema de huevo batida ligeramente. Decoraremos al gusto con semillas de sésamo y hornearemos a 200 ºC durante 25 minutos, o hasta que queden bien dorados. Sacaremos del horno y dejaremos enfriar sobre una rejilla.



Justificación de la receta:

Queremos hoy rendir homenaje a la parte más importante de los idasdecocina. Sin formar parte de ellos se trata, sin duda, de la mayor influencia que inspira nuestra ruta. Una persona que merece más de lo que recibe por nuestra parte, pero en días como hoy queremos regalarle tres de nuestras idas: una receta, una historia y una canción.

La receta debería haber sido la de una buena tarta, o la de un manjar correctamente desestructurado. Una golosina o un sensual cocktail tampoco habrían estado de más, pero pensando, pensando hemos decidido otra cosa. Algo que nazca de la raíz del ser humano, algo que haya acompañado a los hombres desde su nacimiento, escolta inseparable de lo más sublime y lo más rastrero, eleva lo popular y su falta arruina festines. Pero es su carácter de humilde lo que más nos atrae. Empapa las arrogancias y baja los humos a los engreídos. Un pan que, como nuestra amiga, enriquece todo lo que se le acerca.

La historia la dejamos para la valoración de cada cual con la advertencia de que lleva en su argumento la canción que forma el tercero de los regalos. La introducimos sin pedirle permiso a su legítima dueña. Esperemos que sepa perdonarnos el atraco, pero sin la canción como colofón, el relato quedaba cojo.     



Lady Madelaine Brick (The story)

No recordaba la última vez que se vio así. La sensación que le provocó su imagen reflejada en el espejo aquella noche la creía olvidada por completo. Estaba sexy. Sus piernas durante años ocultas en cómodos tejanos se mostraban en una sucesión de curvas provocativas. Había elegido un vestido ceñido y escotado del armario de su amiga esa misma tarde. Lo cierto es que no lo escogió por su corte, sino por ser el único de color negro y brillo de seda natural entre los que poblaban su vestidor. Olga era una consumidora empedernida de ropa de baja calidad y precio, pues el sueldo de una cajera con trabajos eventuales no daba para otra cosa. La frívola amiga no pudo reprimir una carcajada al comprobar la elección de María.

-Pero chica, con lo modosita que tu eres, te llevas la joya de la corona- acertó a decir cuando contuvo la risa- Ahí lo tengo desde que lo compré, esperando la ocasión. Me alegra que lo estrenes tú- se sentó en la cama para disfrutar de la bella postal. Delante del espejo, María brillaba. El contraste de la oscura y viva seda con la carne pálida del final del invierno exageraba el resultado. Hubiera matado por vérselo puesto, pero le pareció un atrevimiento que no quiso cometer.


Los viernes por la noche la ciudad hervía de vitalidad. La gente que durante la semana se encerraba en su casa después del trabajo, parecía liberarse de sus cadenas llegada esa noche. Las calles y todo tipo de locales se abarrotaban. Desde bares que servían de abrevadero a los más jóvenes a los más selectos restaurantes se atestaban de clientes. María y Olga no frecuentaban ni los unos ni los otros. Eran de rutinas más bien fijas. No barajaban más de una docena de establecimientos donde salir a comer, beber o bailar. Todos ellos eran de tipo medio y tras años de frecuentarlos se encontraban tan a gusto en ellos que nada les empujaba a buscar novedades. Así que, llegado un momento como aquel, no acertaba a decidir el lugar en el que encontrarse con Juan. En un primer momento pensó hacerlo en su propia casa, pero desechó la idea al no saber con lo que iba a encontrarse. Había otra razón que no quiso reconocer, pero que fue la verdadera causa de verse aquella tarde eligiendo un restaurante de entre los que se anunciaban en una guía de ocio local. No quería que el Juan que conoció viese donde había llegado después de siete años de trabajos monótonos y nada estimulantes. Ella lo había decidido, lo sabía, pero eso no quería decir que el rumbo que eligió fuese el correcto. De hecho, Juan representaba el recuerdo vivo de aquella decisión que definió su vida. De haber tenido más valor o menos temores se habría ido con él.


Sumida en sus pensamientos sobre el pasado, la joven extrajo del bolso sin darse cuenta el mail impreso que le provocaba ese creciente estado de ansiedad. Al principio de la separación las comunicaciones eran constantes. Llamadas y cartas que con el tiempo se distanciaron a la vez que se transformaban en mensajes de texto y correos electrónicos. María sabia que si ya apenas tenían contacto era por su culpa. Se forzó a tardar cada vez más en responderlos, incluso en ignorarlos. El recuerdo de Juan le asaltaba ante cualquier contrariedad que se le presentaba. Problemas con el trabajo, con los amigos o con el dinero disparaban el resorte mágico. Ahí aparecía su imagen sonriente y despreocupada como en una fotografía con el fondo de cualquier paisaje del mundo. Unas veces lo imaginaba en una gran ciudad, otras en medio de un desierto, en una rocosa costa o navegando en un barco entre icebergs descomunales. Ella no debía estar allí. No había nacido para aguantar jefes, rutinas ni penurias. Recordó a sus fantasmas. Nunca pensaba en ellos, pero, como la imagen de Juan, siempre volvían. No les escuchó en el momento más importante de su vida. Pero los gritos le llegaban con nitidez: Vete, hija mía, vete.

María miró el papel reciclado mientras apuraba el café con leche que seguía, cada tarde, al café solo que tomaba en el bar de la placita a la que daba el balcón de su casa.

            “Hola Marieta, ¿Cómo estás? Hace mucho que no hablamos y como voy a pasar un par de días por allí, me gustaría que nos viésemos y ponernos al día. Tú dirás”


Buscaba entre las breves líneas un mensaje oculto. Algo que le hiciese descifrar las intenciones de aquel amor que inocentemente creía olvidado. Algo debió de removerse en su interior. Sentimientos aplastados en el fondo del saco a puro de madrugones y horas de aburrimiento. Se levantó y dejo unas monedas sobre la barra sin dirigirse al camarero. Se dirigió con seguridad y rapidez hacia el colmadito chino que había en la esquina entre el bar y el portal de su casa. Sin parar a pensar demasiado eligió una botella de Eristoff y agarró una malla de limones, aunque advirtió que estaban completamente pasados y pochos. No era momento para andarse con remilgos. Subió los tres pisos de escaleras y abrió la puerta de su fortaleza. Sin encender la luz levantó la pantalla del portátil que al recobrar de nuevo la vida iluminó el rostro de Maria mostrándole retador de nuevo el mail de Juan. Con rapidez deslizó el ratón ordenando minimizar la ventana del correo. Ahí estaba lo que buscaba. La lista de reproducción de canciones en mp3 que invariablemente escuchaba todas las noches, cuando en el resto del edificio las pantallas de las televisiones vomitaban los resúmenes de fútbol, cotilleos, o lo que todavía era peor, los informativos.

Sonando ya los Extremoduro, sintió como la adrenalina comenzaba a inundar su espíritu de un ritmo al que se iban adaptando los latidos del corazón. En su guarida el subidón estaba garantizado. Se desvistió en el dormitorio arrojando la ropa sobre la bolsa que contenía el vestido que su amiga le prestó aquella tarde. Cruzó la mirada con Bruce Lee que le retaba con los brazos abiertos en la posición de la grulla desde un póster pegado con celo en la pared. En la cocina, iluminada sólo con la luz de la campana extractora, cortó todos los limones por la mitad y extrajo el jugo con el exprimidor. Llenó una jarrita de leche con él, aclaró un vaso de la vajilla sucia que rebosaba el fregadero y con la botella de vodka en la mano se dirigió al salón. Hacía años que había olvidado el ritual que acompañaba al conjuro, pero pronto una sensación de familiaridad se fue instalando en el oscuro salón, al que débilmente iluminaba la luz de una farola desde la calle. Durante los meses posteriores a la partida de Juan la función de aquella noche se repitió casi a diario. Pero poco a poco, al mismo ritmo que desaparecía el recuerdo de su amor, logró salir de ese pozo y encauzando la vida de manera menos destructiva.



No bebía para olvidar, como pensaba su amiga Olga, sino todo lo contrario. Aprendió que el licor funcionaba en ella como una pócima. La presencia de sus fantasmas, que intuía junto a ella todo el día, se materializaba conforme el alcohol penetraba en su sangre. El primero en acudir cada noche a la llamaba solía ser su hermano, fallecido en un accidente de moto antes de que María llegase a la adolescencia. Casi había olvidado su cara, pues sus padres hicieron desaparecer todas sus fotografías con la esperanza de que ignorando su imagen el dolor sería más llevadero. Nunca faltaba a la cita. Con los primeros tragos aparecía en el sillón. Lucía un tupé fuera de época y le sonreía con la boca torcida y un gesto de chulería muy ensayado y sacado de alguna película de pandilleros. Conforme el nivel de la botella descendía las nebulosas ganaban densidad hasta convertirse en figuras. Su madre y su abuela eran las siguientes en aparecer. Una sensación de calor y niñez apaciguaban el acelerado corazón de María. Ahí estaban, acudiendo a la llamada de la niña frágil a la que abandonaron demasiado pronto. Los miedos se disipaban con cada trago, al que seguía invariablemente un sorbito de zumo de limón que preparaba el paladar para la siguiente oleada. Nada temía en esos momentos, velaban sus sueños y apaciguaban la marea.

Aquella noche de viernes, víspera del regreso a su vida de quien creía olvidado, necesitó de nuevo la compañía de los suyos. Debía consultarles sobré qué se suponía que debía sentir, pues una presión en el pecho que le dificultaba respirar fue la única respuesta que encontró tras la noticia. Siguió la ceremonia como la recordaba, pero algo salió mal, pues lejos de encontrar la calidez que recordaba, aquella fue su noche más solitaria. Los altavoces conectados al ordenador reproducían al Camarón pegando tiros al aire. El clima era el propicio, pero nadie acudió a la llamada. Se habían olvidado de ella, o al revés, pero lo cierto es que sólo una voz quebrada, el tintineo de la luz de la farola y el ir y venir de la botella de la mesita a la boca fueron sus compañeros en las horas de oscuridad.


La ciudad despertó a golpe de claxon de autobús y golpes de la puerta de abajo, que nadie se acordaba de arreglar. Un pinchazo en la nuca y la aridez de la garganta le hicieron recordar la situación en la que se encontraba. El temido día había llegado, y ella debía afrontarlo con la mayor dignidad posible. Ya no había posibilidad de vuelta atrás, así que lo mejor sería agarrar el toro por los cuernos. Seguiría el plan trazado, y quién sabe, quizá la cosa no saliese tan mal como presagiaba. Objetivamente no tenía mucho que perder. Había pasado tanto tiempo que posiblemente el encuentro resultase frío, y llevaba tantos años mitificando la vida de Juan que al conocerla de verdad, lo más probable es que no le resultase tan seductora como imaginaba. Después de todo había muchas posibilidades de que la cena de la noche engrandeciera su ego, al descubrir que todas las vidas tienen su dosis de realidad. Con ese ánimo calmó su sed con un largo zumo de naranja y bajó al bar a por su primera dosis de cafeína del día, que calmaría a buen seguro la presión en la nuca.

Todavía no entendía porqué no había elegido su restaurante favorito para su cita de la noche. Era barato, vegetariano, íntimo y sus platos deliciosos. En esos pensamientos se hallaba mientras esperaba a Olga sentada con un vermouth en la mano. Solían comer allí los sábados, pues la cocina era del agrado de las dos amigas y muchas semanas era el único momento que podían pasar juntas sin nadie alrededor. Además preparaban un menú de fin de semana ajustado al presupuesto de ambas. Se había dejado embaucar por su amiga y había seleccionado el único restaurante de dos tenedores que había en el barrio para su encuentro con Juan.


Olga llegó pletórica y llena de energía. Su bipolarismo se dejaba ver en aquellos cambios de humor tremendos. Por la mañana había intentando cancelar la cita con María con la excusa de encontrarse de bajón, y unas horas después llegaba al vegetariano cargada de bolsas y gestos de “ya te contaré, mira lo que me ha pasado, no te lo podrás creer…” De hecho no se calmó hasta que no estuvieron sobre la mesa las pizzas de berenjena que clavaban como en ningún sitio. Masa ultrafina y crujiente, manteniendo las verduras jugosas y al dente. Olga engullía la suya mientras miraba a su amiga de reojo. En un momento dejó de masticar y señaló a María con el índice amenazador que tantas veces sacaba a pasear.


-Has vuelto a beber, lo has hecho cabrona- Acusó con evidente gesto censor –Tanto tiempo y esfuerzo que nos costó y lo has tirado todo por la borda por ese tío-

Fue entonces cuando María apuró el cocktail de un trago y agarró la pizza.

-Sí, lo he hecho, pero que sepas que Juan no tiene nada que ver en esto- Acalló a su amiga que iba a contraatacar- Lo he hecho por mí. Tuve un bajón y tú debes saber mucho de eso-

Más calmada y tragando un pedazo enorme de berenjena contesto con toda la condescendencia que fue capaz de mostrar.

-¿Qué te da la botella, que no te dé una conversación conmigo, o un polvo con el primero que pase?- No esperó respuesta –Esta vez tú verás, yo ya no me meto en esos berenjenales. Es cosa tuya y si te metes tendrás que salir sola.

La conversación viró hacia temas menos comprometidos y terminó, como no podía ser de otra manera en la cita de la noche. Olga había pasado la mañana de compras y había llenado varias bolsas de trapos inservibles para cualquier persona que quisiera simular algo de dignidad. Ropa china encargada por empresas españolas a precio de saldo todo el año. Sabía que a su amiga le disgustaba esa costumbre suya, pero aquel día sacó sus bolsas, porque no sólo había comprado género para calmar su ansiedad, sino que había pensado en su amiga y fue sacando de sus paquetes varios pintalabios, polvos, perfumes, pintauñas y hasta un discreto y bonito fular alejado de su gusto chabacano, que combinaría de maravilla con el vestido de seda negro que pensaba lucir María por la noche. Le repateaba la costumbre que tenía Olga de hacer de su mamá cuando de citas se trataba. No era necesaria tanta ayuda para algo que a ella ni le iba ni le venía, pero le recordó aquella mañana tirada en la cama desfallecida de angustias nocturnas y no quiso reprocharle nada. Incluso, con enorme esfuerzo, aguantó el tirón cuando apareció encima de la mesa la cajita de condones entre los cosméticos Tras el pastel de zanahoria y el café se despidieron. Después de toda la sarta de tonterías con que Olga colapsó a su amiga durante la comida, cinco últimas palabras le recordaron por qué era su mejor y quizá su única amiga.

-Muérete y saca a María- susurró al oído mientras se besaban despidiéndose.


Resignada a no poder dormir la siesta habitual de los sábados, pues los nervios fueron aumentando, dedicó la tarde a pasear por el barrio de terraza en terraza con un libro en la mano. Tampoco lograba concentrarse en el absurdo relato propuesto por el escritor joven del momento. Así que se entretuvo con un pasatiempo que practicaba desde la adolescencia. Discretamente observaba a la gente de su alrededor e inventaba vidas y situaciones posibles, según la manera de actuar que tuviese. Catalogó a varios grupos dentro del epígrafe de la inmundicia. Generalmente eran los turistas que acudían a la ciudad a visitar la Basílica o a comprobar el estado de salud de la tía abuela de la que esperaban pronta y suculenta herencia. Otro grupo que casi ya rozaba la dignidad eran los turistas familiares, siempre cargados con niños y bolsas de avituallamiento. Tres parejas declaraban que su amor no era como el de las otras parejas, y que ellos jamás caerían en la rutina en la que el resto se instalaba. Un recién separado ojeaba curioso los anuncios de relax de un diario, mientras que su ex hacía lo mismo unas mesas más allá, pero con los videntes. Ambos se reconocieron, pero se ignoraron con la misma desgana y siguieron con sus búsquedas. La línea que separaba a las personas interesantes del resto sólo la cruzaron aquella tarde cuatro tipos. Un espía ruso que seguía la pista de un empresario catalán para robarle los planos de una máquina de hacer butifarras, que capolaba a una velocidad de record. Un joven que acababa de reconocer su homosexualidad esperaba con un gin tonic su primera cita masculina, pero la cobardía no tardó en aparecer, y se largó con una rapidez que ni siquiera dio tiempo a derretirse a la roca de hielo de su copa. Por último una prostituta negociaba una perversión para una fiesta con su organizador. El tema era representar a Blancanieves mientras los enanitos directivos de una empresa importante se llenaban las narices de polvos blancos, que además debía suministrarles ella. El juego se alargó hasta las siete, cuando decidió que había llegado la hora de subir a casa para arreglarse.


 
Escuchó la orgía de campanadas de todas las iglesias del barrio que competían en volumen y originalidad, que anunciaban las diez, mientras bajaba las escaleras de casa. No apuró el paso, pues el restaurante estaba apenas a cinco minutos de allí, que serían los que toda buena dama debe hacer esperar. No se acostumbraba al tacón alto, y las plantas de sus pies, algo planos, comenzaron a añorar las flexibles suelas de goma habituales. Llegó a la puerta del restaurante y se detuvo a arreglarse el flequillo en el retrovisor de una vespa aparcada en la acera. Con decisión y sin pensarlo mucho cruzó la entrada. Una chica con un pulcro traje negro acudió a recibirle y, tras comprobar su reserva, le dijo que su acompañante estaba esperándole en el bar. María no necesitó indicaciones pues conocía el local desde una fracasada cita a ciegas que le había organizado Olga tiempo atrás. Recorrió un largo pasillo escuchando sus pisadas sobre el suelo de madera y el latido de su corazón que se desbocaba a la altura de la garganta.


El último pensamiento que tuvo antes de entrar en la sala fue de temor a perder el conocimiento si el sobrealiento continuaba unos minutos más. Pero lo que sucedió a continuación no entraba dentro de lo previsto. Allí estaba Juan, tal y como lo recordaba. Lejos de asaltarle una sensación de extrañeza, un aire de familiaridad se fue instalando en el ambiente. De pie, apoyado en la barra, sacó a relucir una sonrisa cuando la vio aparecer. Vestía un pantalón oscuro y una camisa de lino no muy bien planchada. La piel tan oscura y brillante como años atrás no acusaba el paso del tiempo. El joven apoyó la cerveza en la barra y se dirigió a su encuentro a grandes pasos y con los brazos abiertos.


Un relámpago recorrió el cuerpo de María recorriendo la columna hasta la nuca. Pero ninguna de las reacciones que llevaba temiendo días y noches afloró. Es más, en unos segundos cayó presa de la calma que llevaba anhelando tanto tiempo. No fue consciente de nada de lo que hizo hasta que no se encontró de nuevo en la calle corriendo con los altos zapatos en la mano. Los camareros que cruzaban el bar, cargados de enormes bandejas con copas vacías que transportaban al comedor, no dieron crédito a la escena, y ninguno de ellos acertó a reaccionar para evitar lo sucedido. Como una experta en el cuerpo a cuerpo, la joven alargó la mano a la mesa más cercana y agarró con fuerza uno de los tenedores brillantes que esperaba comensal sobre una blanca servilleta. Esperó con cálculo certero a que Juan se acercarse lo suficiente. Levantó la vista y observó que su amor del pasado mostraba un gesto de extrañeza, pero no se detuvo. Levantó el brazo extendido recordando al Bruce Lee del póster de su hermano que colgaba en su dormitorio. El tenedor quedó incrustado en la mejilla derecha del joven, que todavía no comprendía lo que se le venía encima. Retorcido todavía de dolor con las manos sobre el rostro, un largo chorro de sangre regaba el pulcro suelo cuando le sobrevino el golpe de la botella de vino en la parte de atrás de la cabeza. La enorme fuerza con la que María había cogido la botella y golpeado la cabeza de Juan hizo que ésta se rompiese provocándole un corte a lo largo de toda la palma de la mano. Así que la envolvió con habilidad en una servilleta que rápidamente se tiñó de rojo oscuro. Con la mano sana se quitó con rapidez los zapatos y, descalza, recorrió de nuevo el pasillo hasta la entrada con los gritos de dolor de Juan sirviendo de banda sonora a la huida de la joven, que al alcanzar la puerta de establecimiento comenzó su carrera por las calles del barrio.


No sabía qué hacer o donde ir. Pensó en un primer momento en llamar a Olga para pedirle ayuda, pero desechó la opción. Si tenía algo claro en ese momento era que aquello era asunto suyo, sólo suyo. Limpió su mano en una fuente. La hemorragia había parado, pues el corte era grande pero poco profundo. Vagó horas por los callejones del barrio, a cada arranque de lágrimas seguía otro de liberadoras carcajadas, hasta que comprendió con claridad qué era lo que tenía que hacer.

Con tanta determinación cruzó el río, se dirigió a la discoteca de moda que todavía no conocía y apartó la correa que impedía el paso a una larga fila de clientes, que ninguno de los gorilas se atrevió a impedirle el paso. Penetró en la oscuridad de la sala y el sonido atronador de un ritmo casi tribal, que sumía a cientos de personas en un frenesí de locura, a ella le ayudó a calmarse. Miró alrededor y se sintió parte de aquello. Ella, que siempre miraba el mundo desde el punto de vista de un espectador, se sentía conectada a aquella marea que se retorcía entre fogonazos de luz pálida, que iluminaban sus rostros desencajados. Arrebató el vaso al primer muchacho con el que se cruzó, que lejos de protestar le devolvió una sonrisa y se giró bailando a saltos el ritmo machacón. Bebió con avidez y la sangre no tardó mucho en hacer llegar la ginebra al alma. Subió a la tarima central desde donde podía divisar a todo el mundo como si de un profeta bíblico se tratara. Tenía un mensaje que gritar. Había vuelto a la vida. Sus fantasmas no habían dejado de quererle, todo lo contrario. Era ella la que había dejado de hacerlo. No se había dado cuenta de que el miedo la había sentado en el banquillo. Había nacido para ganar y ya ni siquiera era capaz de salir a jugar. El humo que vomitaban unas tuberías colgadas del techo dibujo el rostro de su hermano que le regalaba un guiño y una sonrisa torcida. Al fondo de la sala pudo distinguir a su madre y a su abuela riéndose entre coloridos cóckteles. Bailó sin respiro una música hecha para ella. Un ritmo envolvía como una plegaria una oración que nunca acababa.


Lady Madelaine Brick (The song)

La montaña oscura crece en el retrovisor,
su manto de lodo oculta la carretera,
el sol vencido se retira hastiado
con el pedal a fondo mientras quede corazón.

I invoke you to this seat.
Lady Madelaine Brick.
Banish this fog that mists
the road to the Hotel Spring.*

El parque infantil se pudre en el retrovisor.
Se derrumba el quiosco de los helados.
El eco de las risas se está apagando
Con el pedal a fondo mientras quede corazón.

I invoke you to this seat.
Lady Madelaine Brick.
Banish this fog that mists
the road to the Hotel Spring.

Los rostros sin boca me acechan en el retrovisor.
Las estatuas fúnebres van poblando los cruces,
La carretera se embarra y estrecha.
Con el pedal a fondo mientras quede corazón

I invoke you to this seat.
Lady Madelaine Brick.
Banish this fog that mists
the road to the Hotel Spring.

Con los pies en la guantera,
Sorbiendo un cocktail dorado,
te siento por fin sonriendo,
poniendo música entre el fango

Llega la hora de los osados,
Lady Madelaine Brick.
A la izquierda el cartel anuncia:
Welcome to the Hotel Spring

*(Yo te invoco a este asiento.
Lady Medelaine Brick.
Destierra esta niebla que empaña
la carretera al Hotel Spring)

3 comentarios:

elena dijo...

GRACIAS

Pakiba dijo...

Historia con final feliz......

Wayne Flashblack dijo...

Vozka, limón, vino y sangre (se le puede añadir un trocito de berenjena). Un cocktail asqueroso salido de una historia mas que interesante.