domingo, 15 de enero de 2012

La acróbata de la bola (Homenaje a Biscúter, el compañero eterno)

La acróbata de la bola (nuestro yin-yang aderezado con castiza tortilla de patata)

El juego de opuestos en sinfonía armónica
El cosmos expresado a pinceladas
He de comenzar reconociendo que soy un esporádico practicante de todo tipo de actividades provenientes de lugares lejanos y exóticos. Estudio idiomas rocambolescos por la mera diversión de adentrarme en lo desconocido, voy a restaurantes a probar sus propuestas, elaboro recetas con ingredientes desconocidos, practico actividades físicas pseudofilosóficas de todo tipo. Se podría decir que soy un hijo de mi tiempo, ya que desde hace décadas una moda orientalista ha invadido nuestra decadente civilización y no soy ajeno a la tendencia. Y eso en sí no parece ser ni bueno ni malo, es lógico que en plena era de globalización el conocimiento de culturas lejanas crezca y nos enriquezca. Una consecuencia de ello es el hecho de que hordas de modernos y posindustriales europeítos abrazan prácticas extremorientales descontextualizadas y vacías de su sentido profundo. Practicamos como mero ejercicio físico prácticas filosóficas, cuando no religiosas como el yoga, kárate, taikwondo, tai-chi (del que ya soy un iniciado), etc…; intentamos alcanzar el nirvana a través de meditaciones diversas; combinamos el arroz con pescado en forma de rollitos con los ojos abiertos de asombro; identificamos erróneamente religiones como el budismo o el hinduismocon la conciencia ecologista; y todo sin caérsenos la cara de bochorno.

Opuestos orientales que armoniza el Tao
No es mi intención en estas líneas minusvalorar estas prácticas y creencias. Son fruto de milenios de civilización en muchos aspectos más avanzada que nuestro materialismo occidental. Pero sin su contexto no son sino vaguedades. Deliciosas vaguedades de las que un servidor disfruta como el que más. El delito no es importar prácticas lejanas que nos satisfagan y abran las miras, sino el ignorar las que nuestros ancestros nos dejaron en herencia y que hoy caen en el saco del olvido condenadas por chabacanas y pueblerinas. Y es que uno tiene una visión ontológica algo radical. El ser humano no se diferencia tanto como creemos. Sólo las formas exteriores de sus costumbres nos diferencian a unos de otros, pero el sentido profundo lo compartimos mucho más de lo que podamos pensar. Como seres dotados de conciencia las preguntas recurrentes que toda generación se hace son muy similares. En síntesis el hombre busca una explicación al sentido de su vida y su existencia y en todos los lugares y épocas las soluciones a la eterna pregunta no se diferencian en mucho.
Mañana dominical en las plazas madrileñas
En concreto quiero traer aquí a colación un tema bastante conocido, casi universalizado por la cultura chinay abrazado por otras tradiciones milenarias asiáticas.Es el concepto del yin-yang sometido al dictamen del todopoderoso Tao. Para entrar en detalles sobre su significado profundo y sus consecuencias en la vida de las gentes podemos visitar una cantidad ingente de páginas dedicadas completamente a ello. Por ellas discurren términos y personajes recurrentes que cautivan al lector. Y reitero que está muy bien el conocimiento de estas cuestiones, pero podemos llegar a un absurdo como el que me ocurrió el otro día visitando nuestra grandiosa pinacoteca, el Museo del Prado.
Bajo la promesa de una gran exposición se agazapaba la sorpresa
De manera esquemática admitiremos para no entrar en polémicas estériles y bizantinas en que el yin y el yang representan la dualidad de realidades que se esconde en cada manifestación. Cada realidad tiene su versión opuesta con la que entra en oposición hasta alcanzar un equilibrio regido por el inexplicable (al menos para mí) Tao. El día tiene su noche, el blanco el negro, el nacimiento la muerte, y así podíamos seguir eternamente. Pues muy bien pero, por mucho que le duela a algún nuevo amante de la cultura milenaria china, poco original. En esencia el sentido de la dualidad de lo real viene siendo representado en las raíces de la cultura occidental al menos desde hace tanto tiempo como en la China. La tradición judía, complementada y matizada por la cristiana ya planteaba como base moral en sus doctrinas los conceptos del bien y el mal, el ser  físico y el alma, la luz y la oscuridad y otras oposiciones regidas y equilibradas bajo los dictados de un todopoderoso Dios. Estas doctrinas dualistas fueron llevadas al extremo por herejías muy seguidas en su tiempo como el arrianismo o el maniqueísmo.
Estrella invitada del mes de diciembre
Ampliada a enero por aceptación popular
Ya en momentos más recientes, en la Atenas clásica del siglo de Pericles (IV a.C.) el método dialéctico expuesto y desarrollado por los grandes pensadores fueron exponentes magistrales de una visión del mundo fundamentada en la dualidad. La confrontación de los opuestos generaba la realidad de manera nítida y comprensible. No se va a desactivar esta tendencia en ningún momento de la historia occidental, pero será en el siglo XIX cuando el filósofo alemán Hegel vuelva a situarla como punto central de su pensamiento. En resumen: establecimiento de una tesis, confrontación con su antítesis y solución en la síntesis. No es mi interés profundizar de manera sesuda en estos términos y métodos, sino apuntar que la existencia de una concepción de realidades opuestas que se complementan no es nada ajeno a nuestra tradición cultural, por cierto no menos milenaria que la extremoriental.
Occidentales adentrándose en las prácticas orientales
Sé que se me puede tachar de simplista e ignorante cuando observo las similitudes entre prácticas recientemente importadas y muy de moda con otras que antes se practicaban aquí y hoy están olvidadas. No crea el indignado que soy tan ignorante, pues reconozco a simple vista diferencias importantes, pero ninguna esencial. Diferencias determinadas por aspectos culturales, evolutivos, condiciones climáticas, ecológicas y religiosas y muchos otros. Pero lo que pretendo en estas líneas no es dar explicación a las diferencias, sino a las similitudes, para reivindicar el conocimiento de nuestros orígenes sin menoscabar las grandes y positivas aportaciones que arriban cada día desde puntos muy lejanos.
Malagueño, mediterráneo, excesivo y juguetón.
La genialidad aparece donde menos se espera
Siempre he considerado La acróbata de la bola, como una de las obras más delicadas y originales del maestro mediterráneo Picasso. Al enterarme que debido a la celebración del año rusoespañol, la obra invitada del mes en el Museo del Prado era ésta, proveniente del Museo Estatal de Bellas Artes Pushkin de Moscú y financiada su exhibición por la Fundación Amigos del Museo del Prado. Un óleo de grandes dimensiones (147x95 cm) pintado en los primeros momentos de su etapa rosa en 1905. Además es una de las más hermosas expresiones del sentido dual de la realidad. Al menos en el siglo XX este concepto no se ha representado con mayor acierto. A la corporeidad del atleta del primer plano y de espaldas el malagueño opone la ligereza e ingravidez de la acróbata que aparece alejada y de frente al espectador. La potente musculatura frente a la gracilidad. Horizontalidad y achatamiento frente a verticalidad y estiramiento. Los puntos de apoyo de ambos protagonistas nos sugieren pistas sobre en mensaje dual. Él sobre un cubo y la equilibrista sobre una esfera. Sentido plano frente a curvo. Contable frente a incontable. Finito frente a infinito. Los opuestos se conjugan para representar la realidad. En el tratamiento del volumen el artista se luce oponiendo a la figura plana y casi bidimensional de la acróbata el tratamiento casi escultórico del personaje masculino a través de la gradación de colores. Hay otras oposiciones claras en la obra que podemos indagar con cierta facilidad: la masculinidad frente a la feminidad, la temática fantástica frente al rigor técnico, etc… Investigando un poco en la historia de la obra he encontrado un testimonio que no sólo avala lo que de la obra se ha dicho hasta aquí, sino que lo reproduce con una claridad exquisita y sin necesidad de referencias a antiguos sabios y proverbios chinos. Fue su amigo, el poeta Guillaume Apollinaire, que interpretó el sentido de la obra como “una danza estelar”, en el contexto de expresar la armonía del ritmo del universo.
Sede habitual de la obra maestra.
Moscú esconde tesoros que merecen la pena
Extasiado y apreciando todos los matices del cuadro pasé mi tiempo sentado en un banco frente al cuadro. La imagen del yin-yang inevitablemente acudió a mi mente. No somos tan distintos. Un malagueño describe la realidad de manera parecida a un chino de s. VI a.C. Las cuestiones estéticas presentan diferencias enormes, pero el sentido de complementariedadde los antagónicos es idéntico. Algo me estaba llamando la atención pero tardé mucho tiempo en percatarme de lo que era. Allí, delante del cuadro, nos encontrábamos en torno a una docena de personas. Nadie hablaba, ningún ruido entorpecía la atmósfera contemplativa. Esto no puede ser España, ni mucho menos Madrid. Lo lógico es que hordas de niños se cruzaran por delante chillando y arriesgando el lienzo con saltos y envites; que grupos de jubilados comentasen a gritos que sus nietos pintan mejor; que varias parejas se declarasen su amor incondicional ocupando los bancos e impidiendo el descanso de los espectadores; que montones de flashes de cámaras fotográficas enfureciesen a los empleados del museo provocando sus afamadas y sonoras broncas…Nada de eso ocurría. Misterio.
Arroz, mar y huerta I

Arroz, mar y huerta II
La solución al enigma es fácilmente comprensible. Yo era el único occidental en la sala. El resto lo conformaban respetuosos, educados y asombrados ciudadanos orientales. Por lo que pude distinguir la mayoría eran japoneses y al menos tres de ellos procedían de Taiwan. La paradoja que todavía me hace sonreír es imaginar a toda una pléyade de noruegos, o belgas en sus gimnasios, practicando respiraciones y posturas crujientes al ritmo de palabras sabias de venerables maestros taoístas; mientras una multitud de orientales se cruza el globo para admirar obras como la de Picasso o para entrar en trance con un rasgado de guitarra flamenca. El mundo es divertido, concluí. Esto es bueno, salvo por el peligro de perder el Norte. Ni nuestras tradiciones ni las suyas son superiores. Ambas, y otras muchas que no hemos nombrado para no entrar en confusiones, son fruto de sus devenires históricos; ambas responden a las mismas cuestiones y problemas planteados a miles de kilómetros de distancia. Ojalá un día entendamos que tiene la misma dignidad y validez la meditación oriental y la que practicaban nuestros ascetas del siglo de oro, actualmente casi descatalogados por las editoriales por falta de demanda; que la sensación de alcanzar el Nirvana no debe de ser muy distinta a la que alcanzó Santa Teresa en su éxtasis, desconocido hoy para muchos de nosotros; que la combinación de arroz y pescado que propone los sushi y los sashimi japoneses la encontramos en nuestra cultura en una simple paella, hoy minusvalorada a base de su inclusión en menús infames; que la lucha canaria la tenemos más cercana que el sumo y en peligro de extinción… Hay lugar para todo. Todo enriquece y aporta, pero a ver si para compensar nuestro pasado eurocentrista nos pasamos de frenada y cometemos una gran injusticia. Para ello propongo importar dos nuevas prácticas extremorientales: por un lado el respeto y la curiosidad por las culturas lejanas, y por otro el mimo y el orgullo con el que conservan y difunden las suyas.
A la espera de la tortilla uno se entretiene a base de pan y vino
Para dar ejemplo y dedicada a toda la población oriental, a la salida del Prado me dirigí a zamparme algo de los que los españoles todavía estamos bien orgullosos, una enorme y circular tortilla de patata recién hecha opuesta a un caldo rojo rubí envejecido en roble americano por unas bodegas riojanas. El mar de salsa picante que recubre la tortilla es el añadido bajo el que se armonizan los opuestos. Que no se escandalicen los puristas.
Geometría perfecta
La armonía no sólo se encierra en los museos y gimnasios