jueves, 12 de enero de 2012

Sardinas del Fin del Mundo (La Ruta 403)

Sardinas del Fin del Mundo (Welcome a la ruta 403)

Ni monstruos ni mensajes ocultos. Esto es el Fin del Mundo

Javier Krahe y Jean Paul Sartre tienen gran parte de culpa de lo acontecido en estas líneas. El caso es que un servidor estaba pasando por una etapa de su vida tiranizada por el nihilismo más destructivo y atroz. Lo cierto es que no era un gran problema, pues aunque me impedía disfrutar muchas de las cosas que la vida me ofrecía, relativizada de tal modo las negativas que se deslizaban por mi piel cual oleosas gotas.

Éstas pusieron el punto final a una jornada de iluminación
Así que luciendo una brillante armadura y tarareando el estribillo kraheniano “Cuando todo da lo mismo, ¿por qué no hacer alpinismo?”, agarré sin pensar mucho mis bártulos y cogí el primer tren que salía hacia Lisboa. Total, una huida más que añadir a mi curriculumno podía traerme nada malo, pensé. Y no sólo tenía razón en ello sino que, a modo de revelación, hallé en los vientos lusos  un valioso armamento para salir del pozo.

Bolo Real, que aprendí que no era lo mismo que el Bolo de Reis
Lost in translation
Solo y con mi mochila al hombro me dediqué a una de mis aficiones preferidas y en la que soy un verdadero profesional: huir de mi mismo. El verdadero objetivo de la odisea portuguesa era encontrarme a solas con mi alma, pero una premeditada y apretada agenda de actividades me permitía huir con facilidad del encuentro conmigo mismo. Callejeos, exposiciones, conciertos e interminables rondas de bacalaos, pasteles de nata y dulces oportos (de los que iré dando cuenta más adelante) ocuparon mi tiempo.

Estación de Cais de Sodré. Inicio de mi Odisea
Cuando ya no esperaba nada especial del viaje, con la guardia baja por la falta de contrincante, llegó de repente la revelación. El éxtasis místico me tiró del caballo en el momento menos esperado. Llevaba cuatro agotadores días entregado a todos los placeres que me podían ofrecer la ciudad y mi bolsillo, cuando decidí salir a buscar nuevas aventuras por los alrededores de la capital. Abrí un mapa de la zona donde se detallaban los principales medios de transporte. Un tren me llevaba hasta la turística Cascais pasando por el elitista Estoril. Era cómodo, barato y me permitía conocer localidades  nuevas. Con decisión acudí a la Estación de Cais de Sodré y en mi ignorancia adquirí el billete hacia el fin del mundo.

Postal de la elitista y pulcra Cascais
Viaje aburrido y decepcionante. Sucesión de ciudades dormitorio y autopistas axfisiaban una costa sobrepoblada y rocosa. El panorama no mejoró al arribar a Estoril. Su cara gotea maquillaje presuntuoso y decadente como el de la viuda de un general acudiendo a su vespertina cita con el café con leche y merengue en la cafetería de El Corte Inglés. Ni siquiera el Gran Casino me convenció de apearme del tren para tentar diez euros a la ruleta como tenía previsto. El tufo a caspa era tal que decidí continuar hasta Cascais para ver si el panorama mejoraba, siempre podía acudir a mi cita ludópata a la vuelta.

Turisteo de enero por las calles de Cascais. El día iba en caída
Cascais, costa portuguesa, diez de la mañana, el Atlántico abriéndose ante mis ojos  y nada nuevo bajo el sol. Decidí darme un segundo  homenaje monárquico. El día había comenzado con un tempranero desayuno a base de Bolo de Reis en la céntrica Confitería Nacional y fue tal el placer que no pude resistirme a repetirlo. Superaría a base de azúcar y frutas confitadas el trauma de encontrarme a 1000 Km de mi gente en el día de Reyes. Así, saciado y con la moral tocada me decidí a hincar el diente a la ciudad. Todo me recordaba a una Costa Azul de quiero y no puedo. La decadencia de la francesa aun tiene el aliciente del saborcillo cinematográfico de antaño, mientras que la lusa sólo me ofrecía una postal llena de Borbones exiliados campando por sus paseos. Fue entonces cuando, en una triste oficina de información turística vacía y fuera de temporada, todo comenzó a cambiar. Era la hora de la iluminación.

La soledad se torea mejor con un desayuno de Reyes
Observando el mapa comarcal vi que Cascais y la todavía más turística Sintra se encontraban separadas por un extenso Parque Natural que asomaba al Atlántico por el Cabo de Roca, el extremo más occidental de la Europa continental, más que el gallego y mal llamado Finisterre. Cometí la imprudencia de preguntar sobre algún transporte que llevara para allá. Me informaron de un bus local de esos que para en todas las aldeas incluyendo una parada en el faro que se erige junto al cabo. Ni corto ni perezoso me decidí a pasar un día de aventura por el transporte público portugués, pues a la vista de lo poco que ofrecía aquella costa nada podía ser menos enriquecedor. La línea que llegaba hasta el Cabo era la 403 que terminaba en la misma Sintra. Así podía seguir hasta allí y unirme a la horda guiri por la tarde.

El Faro de Cascais es una de los mayores atractivos que esconde Cascais

Con la decisión tomada me dirigía por las callejas de Cascais hacia la estación de buses cuando una señal me apuntó la trascendencia de lo que me esperaba. En una rotonda perdida en medio de la nada se me apareció en forma de escultura monumental uno de mis viejos archienemigos. Nada menos que el difunto Papa de Roma, también conocido con el nombre artístico de Juan Pablo II. No pude averiguar lo que hacía allí, pero me asaltódesde las alturas y rodeado de rosales y pinos. Decidí acercarme para regodearme de las horas tan bajas que estaba atravesando su institución. Pero antes de poder recordarle nuestra victoria sobre su Iglesia en el mundo civilizado me asestó el primer e inesperado golpe. No sé de dónde venían las palabras, pero lo cierto es que eran ensordecedoras. Precedidas de pitidos anunciadores a modo de distorsiones en un concierto de rock, las escuche en un castellano diáfano y evidentemente dirigidas a mi persona: “No subas al 403”.

Mi archienemigo me advertía con voz autoritaria:
No cojas la Ruta 403
¿Qué era aquello? Una advertencia, un consejo, una amenaza. Tras todos los combates que tuvimos en el pasado no comprendía la intención de sus palabras. Pero lo único que consiguieron fue acrecentar mi ansiedad por subirme al vehículo. El fin del mundo escondía algo que aquel personaje ridículo quería evitarme. No lo iba a lograr con sus truquitos de magia disuasorios. Al contrario, con las ideas alborotándome la cabeza, apresuré el paso hacia la terminal. Ante la pregunta sobre lo que nos encontraremos en el más allá sólo encontraba dos posibles respuestas sintetizadas en el pensamiento de dos Juanes bien distintos: Juan Pablo II y Jean Paul Sartre. Uno afirma que este mundo sólo es preparación para el verdadero, y el otro que no hay nada más allá, pensamiento que sólo le provoca una enorme e intragable naúsea. Mi conciencia aristotélica, cientifista, materialista y occidental me impide optar por la primera de las opciones. La elimino por fundamentarse en criterios de autoridad, interés corporativo, sortilegios, engañosy siglos de explotación de ser humano. La segunda me resultaba más creíble, pero he de reconocer que no la entendía en su profundidad o no me apetecía creer en sus nihilistas conclusiones. Si no había nada después de esto, todo perdía su sentido y el crudo relativismo en el que me encontraba era el fruto de ese camino. Por mucho que había tratado de entenderla, nunca comulgué con la propuesta sartriana de que “El existencialismo es un humanismo”. A mi más bien me resultaba un aniquilamiento personal. Lógicamente me había quedado en la Naúsea. Estaba de acuerdo en que lo único real y verdadero de nuestra existencia era ella misma, nada más. El fin del mundo terminaba en nosotros mismos como entes individuales y contingentes. Lo que se me reveló ese día de enero sobre los acantilados más occidentales del continente me ha hecho madurar, mejorar y entender algo más sobre el ser humano.

El autobús de la Ruta 403 a su paso por blancas aldeas y espacios boscosos protegidos


El Faro del Fin del Mundo

Después de varias pintorescas paradas en aldeas envueltas y abrazadas por frondosos bosques protegidos, la carretera se estrechó y dirigió hacia el oeste por una ruta despoblada y sinuosa. La vegetación desapareció y el frío risco inundó todo el paisaje. En el vehículo el conductor canturreaba entre las curvas una tonadilla popular y media docena de ancianas volvían a sus pueblos con la compra hecha en el mercado de Cascais. No sé lo que pensarían de un pobre intruso como yo. Imagino que me creerían perdido y, por cierto, en cuestiones espirituales lo estaba.

Saltar la valla protectora fue fácil para un torpe como yo
¿Eso era todo? Después de décadas cuestionándome sobre el sentido de la vida, llegaba a la conclusión de que aquí sólo venimos a comer, beber y disfrutar de todo tipo de placeres porque no hay nada más allá. Pues la verdad es que me motivaba poco la vida. No era cuestión de quitármela a modo de los románticos del XIX, pero si eso era todo lo que podía esperar, menuda pobreza de porvenir. Si se trataba de acumular momentos de placer estaba dispuesto a hacerlo a carretadas. Sería el campeón del mundo, en eso tenía ya decidido ocupar los días y el pecunioque el destino tuviese a bien concederme.

Con los pies colgando sobre el abismo
El vehículo se detuvo y como era de esperar sólo yo me apeé en la parada del fin del mundo, que venía señalada como Cabo de Roca. Un faro abandonado, un restaurante cerrado y una vieja cruz de piedra eran los únicos testigos de mi llegada. Anduve por ahí unos minutos asegurándome de que no había nada más oculto. Si el malvado Karol me advirtió contra aquel lugar, algo debía esconder. No lo hallé. Así que con las mismas y sufriendo un viento del oeste que casi me tiraba al suelo a cada paso llegué con esfuerzo, sobrealiento y cierto mareo al borde del mundo. Estaba ante los confines de lo conocido. Ante mí un acantilado agreste donde impresionantes olas rompían con furia embistiendo la milenaria roca. Sol cegador, aguas violentas, humedad salada, vientos marinos del más allá, mensajes divinos de advertencia. Como todas las señales me incitaban a la escapada decidí hacerles frente y quedarme allí plantado. Con riesgo salté la pequeña valla protectora del acantilado y me senté con las piernas colgando ante el abismo. Pensé de nuevo, en una sencilla asociación de ideas en la frase de Javier: “Cuando todo da lo mismo…” La cosa tenía su gracia.

La prueba del delito
Allí fue donde comprendí que la cosa era más sencilla de lo que pensaba. Estaba preocupándome de lo que me traería el más allá sin preocuparme del más acá. El relativismo en el que había caído no era tan destructivo como pensaba, pues me permitió ver en aquel barranco que lo que delimitaba el fin del mundo también señalaba la línea del principio. Cada racha de viento que me abordaba con fiereza me traía la imagen de mi gente. De los que están y de los que fueron. De los momentos vividos con ellos, que son más responsables de lo que soy que todo mi genoma descompuesto. Cada oleada de olor a salitre y algas me insuflaba ganas de compartir nuevas aventuras con ellos. Si lo único real a lo que podemos aferrarnos es la existencia, cae sobre nuestras espaldas una responsabilidad que nuestros antepasados evitaron endosándosela a las divinidades. Cada ola que golpeaba con furia la roca bajo mis inseguros pies lo hacía también sobre mi conciencia. Algo debo de hacer para dejar el mundo un poquito mejor de cómo lo encontré. Los antiguos designios inescrutables de Dios pasaban ahora a nosotros y debían esclarecerse. Ya no valen las profecías ni los milenarismos. Aquí estamos y seremos lo que queramos ser, pero siempre con la dignidad de seres que actúan y que no se quedan a verlas venir. El sentido hacia donde ir es casi indiferente pues nos hemos cargado la meta. El paraíso se ha incendiado y el rumbo se difumina. Así que lo único que nos queda es tratar de bajar a este mundo las delicias que se nos prometían en el próximo. No nos queda otra. A luchar contra los malos y a ayudar a los buenos. Esa es nuestra guerra y la misión que aquel frío viernes se me encomendó desde el faro del principio de mundo. Dejar simientes de felicidad entre la buena gente y cuidar de nuestra casa, la desinteresada naturaleza que sigue ofreciéndonos sus bondades como pago de nuestro maltrato hacia ella. Como acertadamente citó nuestro actualmente parado y otrora Presidente del Gobierno: “La respuesta está en el viento”. Sonaba ridículo y fuera de contexto pero ha resultado ser la afirmación más certera de su legado. El viento del fin de mundo habló claro: “Esto es sólo el principio, hermano”. Atiende Papa Karol, uno a cero. Te vencí gracias a la ruta 403.

El ocaso en el ocaso continental
Por mi parte, y para aportar un granito de arena al paraíso terrenal que debemos construir, ya me permití ese mismo día darme un caprichito existencial. Nada más llegar a Sintra en mi circuito por la tierra de nadie me precipité hacia el primer restaurante que vi abierto. Tuve la suerte de que se trataba de una casa de comida regional y populachera donde, a solas con la tabernera, me zampé unas sardinas como tiburones. Tersas como el muslo de una novicia y sabrosas como el océano que me embriagó aquella mañana. Un vinho verde sancionó el pacto con mi destino. El mundo comienza donde antes otros ponían su final. Efectivamente, señor Sartre, el existencialismo es un humanismo. A su salud

Vinho verde de la casa que alegró la fuente de sardinas

No son tiburones sino tersas y sabrosas sardinas

4 comentarios:

Ferrán Blasco dijo...

Hola David,
Te felicito por la entrada, me has hecho recorrer los dos viajes, el geográfico y el interior, con mucha atención y placer, seguiré visitando tu blog.
Un saludo

Anónimo dijo...

hale pues en tiempos de crisis nueva profesión "DIOSES". Creadores de paraísos terrenales, paralelos, propios...y si algunos les jode mejor que mejor.
Un abrazo.
Pep.

David dijo...

Por cierto, sentado hacia el horizonte del Atlántico me dió por hacer cálculos sobre la curvatura del planeta y establecí que su forma no podía ser esférica. Según mis nuevos cálculos su forma es sin duda la de huso.
Así nace la teoría de que la Tierra tiene forma de sardina.
Todo encaja y es más divertido

tomy dijo...

Sepa usted que el nihilismo es patrimonio de la burguesía,poetas y bohemios... lo difícil es la lucha...supongo que las sardinas no eran nada nihilistas, ¿ha venido usted repuesto de tan buenos ejercicios espirituales?