lunes, 9 de abril de 2012

Vent de mar: un arròs amb els peus a la sorra


Vent de mar: un arròs amb els peus a la sorra (un arrocito con los pies en la arena)

Vent de mar, calle Heroísmo, 39.
El paraíso de los arroceros en:
http://www.facebook.com/pages/taberna-mediterranea-vent-mar/253370438022216?sk=info
Teléfono reservas: 647336017 
Está claro que en cuestiones culinarias un servidor no es objetivo ni falta que le hace. Por ello puedo afirmar sin temor y a voz en grito que el mejor arroz que se hace hoy en Zaragoza es el del Vent de mar. Es cierto que cuenta en la carta con muchas otras propuestas de la cocina tradicional mediterránea que no tienen desperdicio, pero el nivel del arroz es tal que ignoraré todas ellas para no dispersar la atención del lector. En mis periplos por los menús y platos del día de los restaurantes zaragozanos hace tiempo que desistí de catar arroces y paellas, pues comerlos fuera de este local de la calle Heroísmo me parece un desperdicio. La comparación no se sostiene con casi ninguno. Salvando, quizá, la paella con bogavante del restaurante Antonio en la plaza de San Pedro Nolasco, o el legendario arroz con borrajas y almejas que lleva décadas sin caer de la carta del Gayarre, no se me ocurriría aventurarme en ningún otro arroz zaragozano. Además, sepa el cliente sibarita, que no debe dejarse llevar por la idea de que un lugar trotero y unos precios tan económicos están reñidos con la calidad. Al menos éste no es el caso. Buenos ingredientes y manejo perfecto de los tiempos del arroz son los puntos fuertes de esta taberna levantina.

Propuesta diaria a precio ajustado
La propuesta del restaurante, además de una carta amplia y apetecible, es ciertamente original. Se trata de una fórmula-menú en la que el comensal disfruta de un entrante (unas veces mejillones, otras ensaladas frondosas, etc…), mientras se espera el arroz propuesto para ese día. Porque en el Vent de mar cada día de la semana está dedicado a un tipo de arroz. La suerte que tengo es que los viernes el propuesto es el negro, uno de mis preferidos, y como ese es el día que tengo dedicado a mis expediciones por los menús locales, recaigo en el pecado una y otra vez. Otro de los alicientes del restaurante valenciano son sus postres. Poca elección posible, pero siempre se trata de una elaboración casera y contundente. En muchas ocasiones se sirven imaginativas tartas sin duda hechas en el día y con productos de alta calidad. Si se tiene suerte en el día elegido se puede degustar un dignísimo tiramisú, nada empalagoso y con una buena dosis de cafeína que hará las delicias del más sibarita. Por si fuesen pocas las alabanzas al menú dejo para el final uno de sus puntos fuertes, el servicio de pan. Con el entrante se sirve una cesta de buen pan de hogaza recién tostado, rociado con aceite de oliva y aderezado con pimentón. El problema que presenta este punto es lo adictivo que puede resultar. Tan crujiente y aromático que recomiendo comerlo sólo, y decir esto en la ciudad del pan gomoso parece poco menos que una blasfemia, pero a los hechos me remito. Excelente.

Llega el calorcito a la ciudad: cervecita y terraza
Si al menú conformado por entrante, arroz del día, postre casero, pan y café le sumamos el atractivo del precio, la combinación es explosiva. Siete eurillos tienen la culpa. A esto habría que sumarle el precio del vino. Se echa en falta alguna referencia más, especialmente en los blancos, pero el precio de los mismos es moderado y se llegaría a pagar una cantidad total similar a la de cualquier menú trotero de la ciudad, siendo que el nivel de cocina es de muy alto nivel. Si se opta por la carta recomiendo dos opciones. La previsora consiste en llamar para concertar la hora de la comida o la cena, para que el arroz esté en su punto idóneo y la espera no se eternice. La otra es mucho mejor, más nutritiva y suculenta. Acuda el comensal y elija el arroz que le pida el cuerpo. Mientras lo preparan con el mimo debido, se puede uno entretener con una de las raciones que más me han sorprendido en los últimos tiempos: cigalitas con ajos tiernos. La combinación es tan acertada como inquietante el toque picante que esconde. Otro acierto mediterráneo de autor para la butxaca del restaurante levantino. Los precios de la carta, lógicamente, no son tan económicos como los del arroz del día, pero igualmente moderados.

Paso ahora a ilustrar los platos de mi última visita al Vent de mar, con la novedad de que inauguré mi temporada terracera. Aunque, como abajo expondré, me parece una indignidad comer en la rue, en el caso de este restaurante hago una excepción totalmente justificada. Y la excepción la da toda la gama de sensaciones y recuerdos a los que me lleva la mano de su genial cocinero. He de confesar que en el único lugar del mundo donde como a gusto fuera de un comedor es junto al mar. Serán manías de lunático, pero toda buena paella me transporta el espíritu al Mediterráneo. Mis correrías por los arroces del Delta, de La Albufera, los alicantinos, los del barrio de la Barceloneta, los castellonenses, los de la huerta murciana…y así todos los rincones desde la Costa Brava hasta Tarifa. El Vent de mar consigue que me olvide unos instantes de mi dura estepa y viaje hacia la espuma salada que siempre me aguarda en el Este. Por eso me olvido de que me encuentro en la calle Heroísmo, dirijo la mirada al Huerva y a sus escasas aguas que un día, como yo, se fundirán con el mar. Hundo los pies en la arena de baldosas y cemento zaragozano y saboreo cada grano negro con el alma puesta ya en el siguiente bocado.

Pan torradito con aceite y pimentón
La espera del gran arroz se hace llevadera con el entrante del día
Llega la hora de las palabras mayores
Mejillones, cigalitas, chipirones y almejas
Se debe dejar un huequecito para postres así:
Tiramisú de la casa con caramelo
Contra los atropellos estéticos: He de confesar que no me creo una persona políticamente correcta. Ni tan siquiera alguien que respete mínimamente las convenciones, los protocolos y los boatos tradicionalistas. Pero el nivel de manías va aumentando junto a la edad y la ironía. Y es que hay cosas que no se pueden tolerar. En defensa de la condición humana y de su evolución desde que decidimos bajar del árbol, y sabedor de que seré tachado de intransigente, maniático y rancio; voy elaborando una larga lista de conductas humanas que suponen un atropello a la estética y a la misma esencia de nuestra especie, que se embrutece y animaliza a pasos agigantados.

Consciente de la carrera que hemos iniciado hacia la nueva barbarie cultural, no me decido todavía a enumerar dichas actitudes prehomínidas. Pero en un ejercicio de síntesis he caído en la cuenta de que podría dividirlas en dos grandes grupos. En un primer conjunto se encontrarían aquellas que todavía serían admitidas como aberraciones por la mayor parte de los ciudadanos. Ejemplos de estas conductas los vemos todos los días: gentes entradas en años y carnes que se calzan los domingos el chándal y la camiseta de Messi o CR7 para bajar al bar a leer la prensa, señoras forradas de guatiné sacando la bolsa de basura por la noche, viudas de militares que acuden enjoyadas a comerse el merengue vespertino a la cafetería de cualquier Corteinglés, tunos enlutados y parcheados que afinan los guitarrones a las puertas de los bares de copas, aceras repletas de boñigas de perros que huelen a perfume (las heces no, claro), meones de portal con kebab en la mano a altas horas de la noche, procesiones de penitentes anónimos y ruidosos que asaltan las calles decentes, reformistas laborales electos que se tronchan cuando exponen su metódica destrucción de siglos de progreso social, modernos budistas trascendentales que se abastecen en Mercadonas e Ikeas, cajas de fruta alternativas ancladas a las parrillas de las bicicletas, tatuajes tribales en brazos hormonados en gimnasios, dirigentes políticos semialfabetizados que sientan cátedra y religiosos disfrazados tratados como personas dignas. Capítulo aparte merecen las monstruosidades en el mundo culinario: aguachirris presentados como cafés a precio de petróleo, inverosímiles arroces caldosos arrinconando a las paellas a los menús del día, rutas temáticas de tapas que nos invaden con las excusas más inverosímiles, presentaciones minimalistas de pescados descongelados sobre montañitas de arroces en forma de engrudo, miles de bocadillos de pan descongelado con ingredientes cuya combinación chirría como una bisagra oxidada, jornadas de productos sin salida comercial, proliferación de franquicias tan lowcost como lowquality, panaderías sin sacos de harina, asadores sin leña ni carbón, productos de fuera de temporada conservados meses en cámaras o traídos del otro hemisferio, pizzas como bollos y bollos como piedras, cenas que ya no acaban con queso o chocolate, vinos blancos y rosados con varios quinquenios en el almacén, magdalenas cambiadas de nombre y color, litros de huevina en nuestras tortillas, rebozados como corazas grasientas, croquetas de opus caementicium, comidas sin postre y postres sin café, chocolates a la taza claros y líquidos en la tierra que los vio nacer hace siglos espesos y amargos, bandejas de chuletas de corderos gigantes australianos en el reino del ternasco, y así podríamos seguir casi hasta el infinito, hasta llegar a la involución supina: pagar un dineral por comer a la intemperie, a la manera del depredador y a la vista de los viandantes. Sólo la arena en los pies humaniza la práctica. Alzaremos la vista desde la terraza del Vent de mar y no veremos las olas, pero si nos fijamos bien, al final de la calle Heroísmo discurre un pequeño cauce. El humilde Huerva corre a volcarse en el Ebro, que en unos días será mar. Nuestro mar.

Sólo una vista así convierte en sublime una comida de terraza


2 comentarios:

JL Pueyo dijo...

Desde luego no nos vamos a perder la posibilidad de disfrutar de un buen plato de arroz, máxime si el establecimiento lo recomienda mi amigo David. En cuanto podamos, allí nos presentaremos.

¡Enhorabuena por tu artículo gastronómico y por el postre literario, como siempre tan certero!

Un abrazo. Jl Pueyo

Cecilia dijo...

¡No puedo añadir anda más que mi propia emoción!. Ya sabes que el Vente de Mar, Isabel e Iván, son un lugar talismán. Sus arroces, sus mejillones, su cercanía, ... ¡ahora mismo, me bajao con la guatiné a picar algo, ja, ja!.